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 EL CAMINO DE SANTIAGO

 HITO A HITO El castillo de Ponferrada
 Aunque a comienzos del XIII la villa y su castillo dependían de la Orden del Temple, que también debió ser responsable de obras de engrandecimiento y mejora, tal vez para auxilio de los peregrinos y viajeros en general, poco es lo conservado reconocible de este marchamo, pues ni siquiera los escudos en Tau (T) les pertenecen, ya que se trata de una marca heráldica de los Castro (de la mujer de Pedro A. Osorio). Pese a ello, el lugar común sigue etiquetando de templario a este castillo, con la tozudez del tópico.

 Centinelas al paso
  LUIS GRAU LOBO
  En la Edad Media el peregrino era un tesoro. No es difícil de entender cuando hoy, de nuevo, sucede lo mismo, aunque en otros sentidos. Entonces era alguien a quien se esperaba y necesitaba para repoblar...


 Dos mujeres conversan de espaldas al castillo de Ponferrada.

  ... y dinamizar las tierras al norte del Duero, ganadas con rapidez pero aseguradas con morosidad. El peregrino proporcionaba noticias, intercambios, riquezas. El peregrino debía, entonces, ser protegido, como ave de paso o nidificadora, a lo largo de sus expuestas jornadas en el Camino. Dos tendencias se entrecruzan a lo largo de la ruta en este sentido que hace del peregrino un patrimonio: las que pretenden aprovecharse de él y las que lo protegen; las que intentan timarlo, atropellarlo, robarlo, e incluso acabar con él, y las que se afanan en amparar ese otro capital que su llegada genera. Y para esto último, ya hemos hablado de las redes hospitalarias y camineras, de amuletos y milagros, y de otros muchos beneficios, incluso jurídicos, pero también cabe hacerlo de las fortalezas, de los castillos que jalonan sus pasos, casi siempre para su seguridad, otras no tanto.
  Y, en este caso, nos ha de valer con el más colosal de todos ellos: el castillo de Ponferrada. De siempre fue Ponferrada una ciudad santiaguista. Emplazada en el corazón berciano, este paso obligado por el principal río comarcal, el Sil y por su afluente el Boeza, fue expedito gracias a las cuitas del obispado asturicense que se ocupó, ya a finales del siglo XI, de disponer una puente aherrojada o, tal vez, atada por hierros, de ahí la pons ferrata origen del nombre de la villa. Primero un castro indígena y quizás después un asentamiento romano que vigilaba el vado de la unión de los ríos, lo cierto es que la soberbia fábrica medieval que se alza sobre ella tiene que ver sólo en parte con la edad mayor de las peregrinaciones, pues responde mejor a la Baja Edad Media, tiempos de pretensiones y conflictos señoriales y políticos. Pero tan formidable fortaleza responde a varias fases constructivas (y destructivas) que se iniciaron precisamente con la consolidación de la puebla ponferradina, en el siglo XII, cuando se levanta la cerca que sigue el farallón en que se alza, momento de repoblación de la villa en el contexto de los avances fernandinos. Más tarde tendría lugar la

edificación del castillo viejo, por parte de Pedro Fernández de Castro, mayordomo mayor del Alfonso XI, ya en el XIV, y la mayoría del resto de su configuración se debe a las obras emprendidas por Pedro Álvarez Osorio, conde de Lemos, en época ya de los Reyes Católicos, cuando se añadieron estancias de uso noble, bellamente decoradas en su día.
  El recinto, rodeado de un foso y del talud natural de los ríos que se unen junto a él, abarca más de 8.000 metros cuadrados (hasta un campo de fútbol llegó a albergar su patio de armas) y ha sufrido muy diversas modificaciones y arrasamientos sólo corregidos en modernas restauraciones y excavaciones arqueológicas. Sus torres del Moclín, Malpica, Malvecino... o las de la puerta de puente levadizo, tan fotogénicas, configuran la silueta de esta ciudad dentro de la ciudad. No muy lejos, a tiro de arcabuz, en el centro urbano, eleva su basílica titular la Virgen de La Encina, patrona comarcal y legendaria aparición mariana prototípica, tan común en las lindes de la calzada, esta vez hallada en el tronco de ese árbol.
  Es el Bierzo tierra de castillos, pues otros fuertes afamados o discretos orlan la ruta compostelana en esta tierra fértil que clausura León y preludia Galicia. El de Villafranca, hoy vivienda particular, es construcción de aparato, ya renacentista, del siglo XVI, y perteneció a los marqueses del lugar, Pedro Álvarez de Toledo y su mujer, María Osorio Bazán, respondiendo a una estructura cuadrangular con potentes torres esquineras. El soberbio de Cornatel, encaramado a los riscos a los que ajusta su silueta inverosímil para asomarse al abismo, que fuera también templario y de los Osorio; el elegante cuadrángulo torreado de Corullón, con su aplomo palaciego, o el de Balboa, que también tuviera, cómo no, relación con los marqueses de Villafranca y condes de Lemos. Más allá, en el paso angosto y en ocasiones temible del Valcárcel, los de Auctares, casi arruinado, y Sarracín, aún resistente, flanqueaban la consecución del Cebreiro, con aires de amenaza que, en muchas ocasiones, se tornaron ciertos, pues fueron refugio de asaltantes y bandidos según nos relatan fuentes históricas que describen abusos en el portazgo (impuesto de paso) o simples desvalijamientos al amparo de sus paredones amenazantes. Unos muros que no siempre sirvieron a intereses legítimos.
Las flechas de Elías Valiña
Maragatos, de profesión caminantes
Centinelas al paso
Archivo Camino Santiago
       
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