Castilla y León
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  TURISMO RURAL / LA RUTA  
 BONILLA DE LA SIERRA (AVILA)  
 Esta villa serrana fue sede veraniega de los obispos ociosos, que cuando vinieron mal dadas cobijaron en su castillo al rey Juan II. Protegida por un entorno de dehesas, reúne tras su puerta gótica uno de nuestros más interesantes conjuntos arquitectónicos
 El refugio del Tostado  
ERNESTO ESCAPA
 La apariencia del pueblo, aupado sobre una leve motilla del terreno, hace justicia a su condición de retiro levítico y serrano descansadero episcopal. No es lugar de paso ni encrucijada de distraídos. A Bonilla de la Sierra sólo se puede llegar a propósito. En la bajada del puerto de Villatoro la nacional 110 discurre entre la Serrota y la Sierra...
 .... de Villanueva al encuentro con el Corneja, que es el río que bautiza el valle. Baja de las estribaciones del puerto de la Chía y entre Navacepedilla y Villafranca de la Sierra presta sus arrullos a uno de nuestros paisajes más hermosos. A nadie debe extrañar que los sabios obispos de Ávila escogieran estos parajes para sus estancias de descanso. Tampoco que el artista Benjamín Palencia estableciera en Villafranca de la Sierra su exilio interior durante la dura posguerra.


Iglesia gótica de San Martín. / FOTOS: ERNESTO ESCAPA

   En este caso la etimología es transparente. El propio escudo municipal luce la leyenda de Bona Villa junto a una corneja y una encina. Las carreteras de acceso desde la nacional trazan media circunferencia para salvar una preciosa dehesa de encinas. Uno de los enlaces parte de Casas del Puerto y el otro de Rivera de Corneja. Al otro lado del bosque, cuyo tránsito constituye la mejor antesala para la sorpresa de Bonilla, emerge el caserío apiñado en torno a los pináculos de la colegiata.
  Una hilera de viviendas de protección oficial malogra en parte la perspectiva de su entrada bajo un arco rematado por matacanes. Un escudo del obispo Sancho Dávila revela la fecha de su construcción en el siglo catorce. Esta puerta de poniente conserva el doble arco apuntado con espacio en medio para echar los batientes.
  Los mayores de Bonilla aprovechan las poyatas que hay a ambos lados de la puerta para echar sus tardes al sol, pendientes del ir y venir de los visitantes. Las casas rurales del pueblo se han convertido en el mejor reclamo de Bonilla.
  Porque el encanto de sus calles y monumentos siempre estuvo ahí sin desatar mayor afluencia de curiosos. Ante la puerta se colocó hace trece años uno de esos chillones y modestos monolitos del V Centenario del Descubrimiento de América con el repertorio de conquistadores y colonizadores locales.
  Guia  

COMO LLEGAR
A Bonilla de la Sierra se accede desde la Nacional 110, que comunica Ávila con Plasencia.

DONDE COMER
Restaurante El Lavadero (920 360 495).

TURISMO RURAL
Centro de Turismo Rural El Lavadero (920 362 519), Casa de María (920 362 735) y Casa del Sacristán (920 362 735).


Arco de la villa.
  CARABELA DE FORJA.

  Una carabela de forja corona la columna de granito con azulejos encastrados, en los que se relaciona la aportación de Bonilla al nuevo continente y se reproduce el escudo de la Comunidad. Una vez traspasado el arco episcopal es imposible no dejarse llevar por la procesión de góticos pináculos. Aunque conviene demorar los pasos y caminar degustando la nobleza y el sabor popular de cada rincón, de cada muro blasonado. ¿Alguien habrá contado de una vez las labras heráldicas de Bonilla de la Sierra?
  Los obispos llegaban a Bonilla desde la palaciega Ávila y su primer impulso consistía en hacerse picar el escudo, que luego colocaban en los muros de la colegiata, en los del castillo y en las paredes de aquellas casas que iban construyendo para albergar a la parentela.
  SINGULARES APRISCOS.

  El recorrido de la villa, desde el centro a sus alrededores, resulta una auténtica delicia. Y vale para animarlo cualquier disculpa, tanto da el recuento de blasones como el repaso de sus singulares apriscos. Antes de cruzar el arco de poniente, detrás del monolito americano, se aprecia la sucesión escalonada de estas chaparras construcciones ganaderas de tejados tendidos y amplitud imposible.
  Es una pena que un cierto abandono las tenga medio averiadas porque forman un conjunto de arquitectura popular delicioso. A la derecha del arco quedan algunos lienzos de la muralla que los obispos de Ávila levantaron en este escondido rincón para proteger la tranquilidad de su descanso.
  El conjunto de la plaza Mayor es uno de los más hermosos de Castilla y León. En medio asombra la perfección del templo gótico. Es una iglesia del siglo XV que ofrece un aspecto armónico y unitario, sin apósitos de los sucesivos estilos.
  El interior guarda una riqueza artística insospechada, a pesar del expolio que hizo volar una tabla del Maestro de Ávila. No es cuestión de relacionar las obras importantes que cobija, porque ese menudeo cansa a los lectores, pero sí resulta obligado ponderar el interés de su visita.
  Detrás del ábside macizo, en el flanco de la plaza que preside un crucero, se alza el castillo palacio de los obispos, hecho una ruina al cabo de los siglos. Aquí se refugió de las asechanzas aragonesas el monarca Juan II, arrastrado a esta suerte de penalidades por su cuelgue del ambicioso don Álvaro de Luna.
 Ocurrió que los infantes de Aragón, alentados por la propia reina, recularon al condestable hasta estas serranías y el rey sensible fue entregado a la protección de la mitra. Los restos del castillo ofrecen todavía rincones de cierta prosapia, aunque la impresión que saca el viajero es de abandono y desidia.
 Pero entre todo el discurrir levítico de Bonilla merece mención aparte la estancia del menudo obispillo Alonso de Madrigal, inmortalizado para siempre en la catedral de Ávila por el escultor renacentista Vasco de la Zarza. Don Alonso, apodado el Tostado, murió aquí un mes de septiembre de 1455, cuando ya tocaba recoger el veraneo y regresar a la acrópolis del Adaja. Su escudo preside una de las puertas de la iglesia.
  Don Alonso fue un personaje singular dotado de múltiples sabidurías, que le servirían para destacar en los concilios vaticanos, pero poseído por la enfermedad de la grafomanía.
  Entre el castillo y las viejas escuelas ilustradas, que se alzan paredañas con el edificio consistorial, se desliza hacia los campos una calle que en su primer tramo ofrece un alarde de arquitectura tradicional. Pero el embeleso que suscita el recinto de la plaza no debe privar al visitante de entregarse a la deriva del callejeo sin rumbo fijo.


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