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| TURISMO RURAL
/ LA RUTA |
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| LUGUEROS (LEON) |
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| Trea valles articulan la montaña central leonesa, históricamente conocida como los
Argüeros: la Tercia, la Mediana y Valdelugueros. Cada uno surcado por su río: el
Bernesga, el Torío y el Curueño. Este último es el más recóndito y literario |
| La calzada de los arrieros |
| ERNESTO ESCAPA |
| Lugueros es el centro de esta
parte de la montaña que se esconde más arriba del escobio de Nocedo.
En realidad, la gente conoce la comarca como Valdelugueros. No es
lugar de paso hacia ninguna parte, porque el asfalto se acaba en el
límite leonés del puerto de Vegarada, como también ocurre en el vecino
de Piedrahita. |
Pero la montaña del
Torío cuenta desde hace años con el aliciente turístico de las cuevas
de Valporquero, que cuando es temporada llevan gente.
Ya pasó el tiempo en que estos pueblos de la montaña central
eran el destino principal de los veraneos: Boñar, La Vecilla, Nocedo,
Lugueros, Cármenes, La Pola de Gordón. De entonces queda en cada uno
de ellos el rastro de una curiosa arquitectura residencial. En este
orden seguramente no hay ningún caso tan peculiar como La Vecilla,
hasta donde se llegaba en el tren hullero. Todavía hoy conserva La
Vecilla ese entorno de chalets y jardines, que evocó con
tanta nitidez Camilo José Cela en
sus memorias.
Puente de Lugueros sobre el Curueño.
/ FOTOS: ERNESTO ESCAPA
LA MONTAÑA DE LOS ARGÜELLOS
Aguas arriba del Curueño, pasada la angostura de sus
hoces, Lugueros ofrece al paso por la carretera un buen muestrario
de residencias estacionales que se fueron decorando con los blasones
sobrantes de los pequeños pueblos de esta montaña. Desde La Vecilla
la carretera pasa por Valdepiélago, «un húmedo rincón de sombras que
a sus aguas debe el nombre », y deja a la derecha Montuerto, antigua
atalaya de este ruta de conquistadores y arrieros. A la entrada de
Nocedo el desvío de Valdorria desafía al vértigo. Y sin embargo, pocas
experiencias tan gratificantes como subir hasta la ermita de San Froilán
por los peldaños tallados en la roca.
El paisaje que desde allí se avista no tiene precio. Nocedo
perdió el encanto de su balneario, malogrado por la desidia, que ahora
ofrece un aspecto penoso. Las dependencias termales con sus huertas
son el punto de vuelta para los paseos desde el pueblo, que permiten
pisar algún tramo de calzada.
El Curueño es un río muy literario desde sus orígenes legendarios.
El último en remontarlo desde su confluencia con el Porma fue Julio
Llamazares, que lo bautizó |
| Guia |
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COMO
LLEGAR
Lugueros se encuentra en la montaña
del Curueño. Se accede desde
La Vecilla por la carretera LE-321,
que concluye unos kilómetros más
arriba en el Puerto de Vegarada.
DONDE COMER
En Lugueros, El Bodón (987 743
220) y Peña (987 743 126). En Tolibia
de Abajo, Mesón Valdemaría (987
743 107).
TURISMO RURAL
En Redipuertas, Brisas del Cierzo
(606 878 121). En Valdepiélago, La
Maestra, la Corte y el Refugio (667
527 531). |
Monumento al maestro. |
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como «El río del olvido».
El escritor tiene casa en La Mata de la Bérbula, entre La Vecilla
y Valdepiélago. Otro escritor, Jesús Fernández Santos, descansó en
sus últimos años en el menudo molino de Cerulleda, que compró en 1975
para sus estancias en el valle de la memoria. Fernández Santos noveló
la vida de su pueblo en «Los Bravos», la leyenda de la dama de Arintero
en «La que no tiene nombre » y las calamidades del pasado siglo en
«Los jinetes del alba». A finales del dieciséis, Pedro Vecilla recreó
en el clásico «León de España» el trágico destino del joven Curienno
y la hermosa Polma acosados por el ejército romano. Este libro se
salvó del fuego en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote.
Siglos más tarde, los dos ríos vecinos ya no tienen que esperar a
Ambasaguas para encontrarse. 33.
Antes de llegar a Lugueros, un azud al pie de la carretera
marca el punto del trasvase de las aguas del Curueño al embalse del
Porma. Así que a veces el caudal ecológico de las hoces queda muy
mermado, a causa de la sisa. Pero esto ocurre en verano, cuando azuza
el calor. De momento, el paso del desfiladero discurre entre chupiteles
de hielo y escorreduras de nieve. A trechos, el río, la enredada carretera
y algunos tramos de la calzada romana se disputan la estrechez del
escobio. El paisaje geológico resulta impresionante. La calzada romana,
que más tarde fue camino arriero y paso del ganado trashumante, salta
el río de un lado a otro a través de puentes verticales e imposibles.
Felizmente en los últimos años se ha ido rescatando el valioso repertorio
de puentes del Curueño. Es verdad que unos con más fortuna que otros,
pero todos cuentan con su panel explicativo debido al magnífico catálogo
de Fernández Ordóñez, cuya autoría ni siquiera se menciona.
EL VALLE DE LOS PUENTES
Un desvío a la derecha señala La Braña y Arintero, solar de
la belicosa dama disfrazada de caballero que inspiró a Fernández Santos
«La que no tiene nombre». Valle arriba, se suceden los puentes y las
casas blasonadas. En Tolibia, el busto dedicado al maestro García
Robles saluda al viajero desde su pedestal y da paso a la vega de
Lugueros. A la entrada del pueblo se ve vacío y en proceso de franco
deterioro el cuartel de la guardia civil, cuya tipología lo iguala
con los primeros paradores de montaña. Es ese estilo de cantería alternada
con revoco puesto en práctica por Regiones Devastadas.
Del mismo modo que casi todos los poblados de colonización tienen
un aire extremeño o andaluz, estas arquitecturas institucionales de
posguerra remiten a la sierra de Madrid. Es el estilo Guadarrama,
que lo mismo vale para un seminario que para un reformatorio, para
un parador de turismo o un cuartel de montaña.
Lugueros ordena su caserío a lo largo de la carretera, entre
la mole abandonada del cuartel y el magnífico puente de varios ojos
que cruza el río a la salida del pueblo. La travesía muestra la cara
residencial de Lugueros, con casas cubiertas de pizarra y guardadas
con verjas. El pueblo común y sus casas históricas se agrupan a la
sombra de una iglesia moderna erguida en lo alto. El Ayuntamiento
acoge en su pórtico unas gallinas ateridas, cansadas ya del picoteo.
Muy cerca, la Casa Rectoral, que no tiene el esplendor de la
vecina de Cármenes pero sí es representativa de esta montaña levítica.
Se trata de un edificio del diecisiete que abre un arco al lado para
pasar al corral. La iglesia resulta pretenciosa y pobre a un tiempo.
Por abusar del parangón vecinal, carece de la prestancia caliza del
templo de Cármenes, aunque muestra unos volúmenes curiosos. Pero no
consigue despejar su carácter de arquitectura alpina efímera. |
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