Castilla y León
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  TURISMO RURAL / LA RUTA  
 PELEAGONZALO (ZAMORA)  
 A los pies del término municipal de Toro, en el solar de la batalla que dio el trono a los Reyes Católicos, se encuentra este pueblo de engañosa toponimia que hace siglo y medio que mudó su emplazamiento para ponerse a salvo de las crecidas del río Duero
 Un pueblo portátil
ERNESTO ESCAPA
 Peleagonzalo es uno de los pueblos más singulares de todo el curso del Duero. Y no debido a su monumentalidad ni porque ocupe un emplazamiento de ensueño, sino por su demostrada movilidad. Hace casi un siglo y medio Peleagonzalo trasladó su caserío desde la orilla del río hasta el teso de las bodegas. No fue una alzada estacional, como ...
    ... la que practicaban a la braña de Campo del Agua los ancareses de Aira da Pedra o los babianos de Torrestío a la marina asturiana. Tampoco se debió la mudanza al pánico ocasionado por una temible invasión de culebras, como la que bajó a los vecinos de Fuentelisendo desde el páramo de Corcos al interfluvio del Riaza y el Duero.
   Sucesivas avenidas del río acostumbraron a los pueblos de la vega a rehacer sus casas de barro después de las crecidas. Así se hizo secularmente en Peleagonzalo y también en Villalazán y en Villaralbo, encomendándose cuando el río se desbordaba a la protección de la Virgen del Viso, que vigila la comarca desde un m ontículo cercano a Bamba. Y más o menos la defensa fue funcionando hasta las Navidades de 1860.

Casa de piedra ubicada en la localidad zamorana de Peleagonzalo. / FOTOS: ERNESTO ESCAPA
  A su entrada en la provincia de Zamora, apenas superado Toro y su alfoz, el Duero marca la frontera entre la Tierra del Pan y la Tierra del Vino. A la derecha, las tierras cereales, que asoman peraltadas sobre el río, y a su izquierda la vega, un territorio acechado por la memoria de sus crecidas.
  Esta vega del Duero fue siempre un espacio agrario rico, en el que ahora se cultivan maíces, remolacha y los acreditados ajos de San Pedro. El viñedo prefiere el cascajo de las lomas, porque el pedregal retiene más el calor que la tierra muelle de la ribera, ayudando a la maduración lenta de las uvas. Desde la eminencia de Toro los cortados rojizos vigilan el curso sosegado del río hasta emboscarse en la vegetación de Monte la Reina.
  BATALLA DINASTICA.

  Al otro lado, la vega se dilata hasta el borde forestal de un territorio salpicado de pinares, como el que tiene la ciudad de Toro destinado a zona recreativa cerca de Valdefinjas. A este pueblo, que se encuentra un tanto aislado camino de Venialbo, envió Felipe II un grupo de moriscos después de la insurrección de las Alpujarras. En el cruce que reparte el tráfico por la ribera izquierda del Duero y hacia Fuentesaúco o La Bóveda de Toro se plantó hace 29 años un monumento a la batalla de Toro que libraron en 1476 portugueses y castellanos.
  Guia  
 COMO LLEGAR
Peleagonzalo se encuentra a 11 kilómetros de Toro por la carretera que recorre la margen izquierda del Duero hacia Zamora.
  DONDE COMER
En Toro: Lera (980 692 270) es la principal innovación de calidad. Alegría (980 690 085), en la plaza Mayor, cuida la cocina de temporada y los postres caseros, que son exquisitos. Juan II (980 690 300), María de Molina (980 691 414) y Capuchinos (980 691 911).
  TURISMO RURAL
En Toro: Bahuero Canal,  Bahuero Garzas, Maíces y Pinares (646 041 044). En El Piñero, La Casona del Piñero (630 963 541).

Dintel de 1862.
   Era el quinto centenario, que coincidió con un momento crepuscular de la historia de España, así que la leyenda hace hincapié en la unidad de la patria. Los mástiles y demás acompañamiento del monolito se encuentran bastante perdidos entre el boscaje de señales. Suspendida del monolito aparece una figura que pretende ser su católica majestad la reina Isabel.
   En realidad, la batalla se desarrolló en dos actos y en término de Peleagonzalo. La primera y más dura fase del combate tuvo lugar en el pago de la Sangradera, que está muy cerca y a poniente del pueblo viejo de Peleagonzalo. Pero no quedó clara la suerte de la batalla, así que las hostilidades prosiguieron en el desfiladero de Castroquemado. Allí se las vieron los ejércitos enredados en el pleito dinástico planteado a la muerte de Enrique IV por la herencia del reino de Castilla.
   La prevalencia de Toro ha hecho que el monumento a la batalla cuya victoria se apropian los cronistas de ambos bandos se desplazara a los pies de la ciudad, en la ubicación menos afortunada.
   Perdido entre un barullo de señales de tráfico. Acaso como reacción a este despojo, los vecinos de Peleagonzalo se han fabricado un escudo en el que aparece un brazo armado con una lanza, ignorando que el nombre de su pueblo se refiere al repoblador Pelayo Gonzalo y no a un camorrista.
   LA RIADA DE LOS INOCENTES.

   Durante años el nuevo Peleagonzalo fue un pueblo cuadriculado y perfecto. Al menos durante un siglo. Con una plaza amplia en la que confluyen calles rectas y pobladas de casas iguales. Ahora hay que adentrarse en su trama para descubrir lo que queda de aquella geometría racionalista.
   El viejo Peleagonzalo estaba emplazado en el flanco más desarbolado de la vega, sometido a las acometidas del río. Cuando aumentaba el caudal de las aguas, la gente alzaba sus casas para refugiarse en las bodegas y apriscos del Teso de San Benito, adonde subían también el cáliz de la iglesia. Pero tanta resignación ante las estacionales avenidas no podía prolongarse para siempre.
   La riada de 1788 fue muy dañina para las viviendas, socavó la iglesia renacentista y repartió el espanto entre los vecinos. Con este precedente, la feroz crecida del día de los Inocentes de 1860 fue definitiva para mover a vecinos y autoridades a subir el pueblo a lo alto. Sólo habían quedado en pie diez de las más de ciento cincuenta casas.
  El nuevo pueblo se inauguró el 29 de septiembre de 1862. Sus calles están dedicadas a las autoridades y benefactores de la época, como el gobernador Claudio Moyano o Pedro Michilena, dueño de la Granja Florencia que evacuó con su barca a los vecinos refugiados en la torre de la iglesia. El nuevo templo de San Miguel, que preside la plaza, tardó en hacerse cuarenta años largos, según proyecto de Pedro Vidal y aprovechando la piedra de la iglesia y del cementerio de abajo.
   A pesar del siglo largo de su nueva compostura no se ha quitado el aspecto de pastiche. Otras piedras nobles adornan dinteles, huecos de ventanas y fachadas completas, como la muy hermosa del número 11 de la calle Michilena. Lástima que afeada por la carpintería de aluminio. A la misma plaza asoma un reloj de sol encaramado sobre la esquina de un tejado. Pero son más los destrozos que los vestigios.
   En la plaza se hizo un ayuntamiento ladrillero que es de nota. Y la indudable prosperidad agrícola ha propiciado la alteración de unas viviendas diseñadas con sentido común y gusto. El Sendero de Gran Recorrido que discurre a lo largo del Duero asciende hasta el teso de las bodegas y se adentra por la zona arbolada que protege los refugios primitivos de aquel invierno de hace siglo y medio.

La plaza de los mercaderes Median del Campo (Valladolid) La fiesta del chivo Valporquero (León)
La villa de oriente Ágreda (Soria) La muda del bosque Foncastín (Valladolid)
El castillo de la promesa Almenar (Soria) La cueva de Peñacorada Cistierna (León)
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