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| TURISMO RURAL
/ LA RUTA |
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| EL ESPINAR (SEGOVIA) |
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| La belleza de su entorno serrano,
salpicado de parajes increíbles y recorrido por sendas de ensueño,
deslumbró a Ortega y Gasset y a los pioneros del excursionismo.
Pero a menudo tanto esplendor forestal impide descubrir los entresijos
de este pueblo |
| Los señores del
bosque |
| ERNESTO ESCAPA |
| Algunos restos dispersos y poco
visibles documentan la colonización romana de este enclave
serrano que a Ortega y Gasset le pareció un valle del Tibet.
Hace más de siete siglos recibió la Carta Puebla otorgada
por la ciudad de Segovia y desde entonces su trayectoria se beneficia del
aprovechamiento cabal de
los montes para madera ... |
... y de las
dehesas para pastos. También lógicamente del valor añadido de la ganadería
y de la lana y del transporte de estos productos, que dará pie a una
acreditada industria carretera. Su pujanza comunal va unida a la ampliación
mediante compra de su territorio incorporando nuevos bosques y dehesas.
Los siglos quince y dieciséis suponen una temporada de esplendor
para El Espinar, que en 1626 compra al rey Felipe IV el título de
villa exenta de la jurisdicción de la ciudad de Segovia. El pinar
de la garganta del río Moros había surtido de madera la construcción
del monasterio de El Escorial, cuyos artífices y operarios
residían en El Espinar.
Ayuntamiento de la localidad segoviana
de El Espinar. / FOTOS: ERNESTO ESCAPA
Pero además de dar albergue a los constructores
del monasterio, El Espinar sacó provecho del trasiego de madera y
ganados derivado del nuevo asentamiento. Se establecen en la villa
corrales y esquileos que atienden a cerca de cien mil ovejas así como
una incipiente industria textil de elaboración y tintado de paños
y otra de carros.
La elección en el siglo dieciocho del Alto del León para
trazar la carretera hacia la meseta conlleva el establecimiento de
postas. Ese fue el origen de San Rafael, cuya función residencial
se vería reforzada con el paso del ferrocarril, a partir de 1888.
Por esas fechas, el diputado Javier Gil Becerril, abuelo del poeta
Jaime Gil de Biedma y bisabuelo de Esperanza Aguirre, compra un robledal
que se convertiría en una de las primeras colonias veraniegas del
Madrid finisecular.
De aquella época conserva El Espinar unas pocas casas
y un modélico parque municipal poblado por numerosas y variadas especies
arbóreas, que resulta bien expresivo de la peculiar relación del pueblo
y su gente con la naturaleza.
LOS GABARREROS.
Los gabarreros repasaban el monte después de la tala de
los madereros para aprovechar todo lo que quedaba en el bosque: árboles
rotos y caídos, la maleza esparcida por el suelo y los tocones mal
cercenados. De todo ello se hacía leña que se bajaba en caballerías
para cargarla en carretas y venderla por los pueblos y ciudades del
entorno hasta Madrid.
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| Guia |
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COMO
LLEGAR
A El Espinar se accede desde la N-VI, que comunica Madrid y
La Coruña, o desde la autopista A-6, tomando la salida del peaje
más cercano al túnel de Guadarrama. También desde Segovia por
la N-603.
DONDE COMER
La Bodegona (921 182 307), Marino (921 182 339), Siete Picos
(921181 084), El Albero (921 182 559), La Típica (921 181 087).
TURISMO RURAL
En Gudillos, Los Labradores (921 171 333). En Villacastín, La
Bodega (657 064 255), Tío Pilatos (651 992 753), Estacio (921
198 698) y Alpau (659 484 290). |
Piedad de Juan de Avalos. |
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Esta rebusca
de los desechos del bosque conseguía un combustible natural, que hacía
más soportables los inviernos serranos, y limpiaba el monte de las
brozas que tantas veces provocan y alimentan el fuego forestal.
La fiesta de los gabarreros se celebra en El Espinar el primer
fin de semana de marzo y ha sido declarada de Interés Regional. A
lo largo de sus días se combinan los actos culturales con los bailes
tradicionales a la luz de las teas en la plaza de la Corredera y las
demostraciones de desrame, limpia y corte vertical o cubicaje de pinos.
Además de estas habilidades de los gabarreros, también se escenifican
el arrastre de pinos, el desfile de carros y otras mañas de los hacheros.
Sin embargo, la relación con las piedras adornadas de historia
parece menos ejemplar. De los 35 palacios que censó el catastro de
Ensenada a fines del dieciocho, apenas quedan algunas ruinas dispersas
por el pueblo.
El Espinar tiende sus calles en torno a la iglesia monumental
de San Eutropio, que comparte con El Escorial la misma piedra y un
cierto parentesco estético. Destruido el templo primitivo por un incendio,
la reconstrucción siguió las trazas del arquitecto Rodrigo Gil de
Hontañón, autor de la catedral de Segovia y de la cercana iglesia
de Villacastín. Pero la obra quedó inacabada.
El remate corresponde al último tercio del dieciséis bajo la
dirección del taller de Herrera, que entonces trabaja en El Escorial.
La oficina municipal de Turismo, que está en la plaza inmediata, facilita
el acceso al templo. Su mayor interés se concentra en el retablo mayor,
obra de Giralte con tablas pintadas por Sánchez Coello, pintor de
cámara de Felipe II. También es de Coello la sarga o cortina que tapaba
el retablo durante los duelos de Semana Santa, un trampantojo de mucho
mérito.
PALACIOS Y ESQUILEOS.
La iglesia de San Eutropio motiva la primera parada del viajero,
que entra en El Espinar a través de un prolongado túnel vegetal de
plataneros. Frente a la puerta barroca de la iglesia asoma, al otro
lado de la calle, el convento de Santa Isabel en ruina y con su patio
convertido en hipódromo de pencos.
¿Cómo se entiende la presencia de tantos nobles edificios entregados
a la calamidad en un pueblo que denota un nivel de vida próspero?
No puede ser simple descuido. Además resulta una constante de los
pueblos serranos azotados en su día por los frentes bélicos.
La persistencia de muros desvencijados y casas poseídas por
la desolación. El recodo de la torre de San Eutropio acoge en este
lado una Piedad vertical de Ávalos, el escultor del Valle de los Caídos,
y al otro una hornacina enrejada con la Fuencisla.
La plaza de la Constitución muestra el ayuntamiento de posguerra
que sustituyó al devastado por un incendio bélico. La calle marqués
de Perales nos acerca en unos pocos pasos a su palacio en ruinas,
fechado en 1728. El complejo de casa solariega y esquileo ocupa una
manzana céntrica con puertas y ventanas rotas, colonizada por los
yerbajos.
Más vestigios nobiliarios se observan en la calle Abundio García
y en la plaza del Altozano. Desde aquí, la calle Daniel Ortega baja
hasta el histórico recinto de la Corredera, donde está el caño y el
kiosco de la música. Centenarios castaños de Indias sombrean la plaza
con sus copas. Asomando a la calle Segovia se aprecian los restos
del palacio de Riguerza, cuyo escudo fue picado por negarse a pagar
impuestos. La calle de la Luna conduce al paseo de las Bolas, que
es el mejor mirador urbano hacia el perfil arbolado de la sierra.
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