El Oca es un río de recorrido burgalés que nace
en la Demanda, entre Valmala y Alarcia, y desagua en el Ebro después
de pasar por Oña.
Su tramo más hermoso discurre entre Villafranca y Alba,
donde el río se entalla en un desfiladero que apenas deja espacio
para el angosto sendero que fue durante siglos el único paso para
llegar a este pueblo ya abandonado.
La construcción de un pequeño embalse taponando la
hendidura geológica supone un susto para quien regresa al lugar
de los sueños y se topa de nuevas con el muro.
A la salida del desfiladero se encuentran la ermita
de Oca y la fuente de San Indalecio, que está tallada en la roca
con forma de trébol. Villafranca apenas deja entrever en su actual
compostura la resonancia de un nombre que fue durante siglos contraseña
de fascinación para los peregrinos.
Era el último refugio seguro antes de enfrentarse a los temibles
Montes de Oca, pero también la llave iniciática para tantos viajeros
que al amparo de las estrellas buscaban la luz de otro camino.
Pero la ruta de hoy no se orienta hacia estos espacios, sino
que recorre el tramo medio entre los Montes de Oca y La Bureba que
se conoce popularmente como Valle de los Ajos. Un territorio inadvertido
entre dos carreteras nacionales que antes fueron calzadas bien vigiladas.
Por eso los pueblos de este valle hacen honor en su nombre
a los remotos pobladores, un tropel de visigodos y mozárabes a los
que se suman los Ansúrez. La embocadura desde La Bureba la guarda
Alcocero, que significa pequeño alcázar.
Alcocero lleva prendido de su nombre el apellido de Mola
desde tiempos bélicos. Emilio Mola Vidal había sido el director
de la conspiración del 18 de julio.
ACCIDENTE AEREO.
El día 3 de junio de 1937, a causa de la niebla en
el frente vizcaíno, decidió volar hasta Valladolid para acercarse
a Segovia a inspeccionar ese frente.
En el aparato viajan cinco militares y entre ellos su ayudante
el teniente coronel Pozas, hermano del general republicano.
A la altura del puerto de la Brújula se topan con la
niebla y después de algunas maniobras titubeantes el aparato se
estrella contra el cerro de Alcocero.
Enseguida prende la teoría del sabotaje. Unos lo atribuyen
a los alemanes de la Legión Cóndor, molestos por la queja de Mola
ante sus bombardeos a la población civil, y los más a Franco.
A raíz de este accidente Franco deja de usar el avión
para sus desplazamientos. El monumento fue construido por presos
y lo inauguró Franco escoltado por la guardia mora en 1939. Ocupa
la pendiente del cerro abrigada de pinar.
Arriba se alza la torre hueca de hormigón, que sirve
de mirador. Abajo está el altar con los cinco arcos dedicados a
las víctimas del accidente.
En medio se escalonan sucesivas terrazas a lo largo
de centenares de metros. Un alarde fascista carcomido por el óxido
del abandono.
Ahora es lugar de cita de jóvenes alternativos, que
han convertido la torre del monumento en pancarta contra la guerra.
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