La ermita de Nuestra Señora de Gracia es, junto
a la fronteriza del Castillo en Fariza, uno de los santuarios a
los que los sayagueses acuden cada año. La romería grande de Gracia
se celebra por primavera y a ella acuden los vecinos de Bermillo,
de Villamor de Cadozos y de Almeida. No puede afirmarse que este
año la patrona fuera generosa con las lluvias que cada año se le
piden.
Al final de la ruta nuestra senda confluye con el regato
de Valgandre cuyo lecho reseco muestra la dureza de la sequía. No
obstante, todavía quedaba agua a nuestro paso en las lagunas que
se encuentran a la izquierda del camino, poco después de franqueadas
la primera y la segunda puerta.
Estas charcas se convierten en lugares donde se concentra
el jolgorio de los pájaros y el revuelo de las aves.
A la romería de Gracia venían los labradores y ganaderos
de Sayago además de quienes se dedicaban a la molienda de los cereales
y a la manufactura del corcho.
Todavía se ven en el pueblo los altos edificios harineros,
mientras el último artesano taponero cerró su taller en 1977. Los
corcheros iban por tradición de temporeros a Tras-Os-Montes hasta
que decidieron que resultaba más rentable comprar allí el corcho
de los alcornoques y dedicarse a hacer tapones para el vino en su
pueblo.
En la segunda mitad del siglo diecinueve llegaron a contarse
diez fábricas de corchos y tapones en Almeida. La dificultad de
adquirir en buenas condiciones la materia prima en un país extranjero,
su traslado y la creciente competencia en los mercados estimulaban
la devoción a la Virgen de Gracia, que durante un tiempo se convirtió
en la virgen de los corcheros. De aquella relación comercial con
el país vecino derivó un temprano mestizaje que ha seguido a lo
largo del tiempo con matrimonios entre portugueses y españolas y
viceversa. De hecho, el buzón recién instalado en el desvío hacia
el balneario de Almeida se identifica en portugués.
BAÑOS DE LUJO.
En estos días inaugurales de septiembre el camino que transita
entre encinas no encuentra el alivio del tapiz verde característico
de las dehesas. Así que resulta complicado hacerse a la idea de
que estos parajes son los mismos que embaucaban a los hombre primitivos.
Y también a nuestros abuelos, que acudían a tomar los baños al lujoso
establecimiento emplazado justo al lado del hervidero de San Vicente.
Enseguida aparece en el horizonte la silueta de los chopos
que escoltan y protegen los edificios del balneario, recién pintado
y viviendo los últimos trabajos para ponerlo de nuevo en funcionamiento.
Sus restauradores están trabajando con gusto en el acicalado del
conjunto de edificios.
Incluso se está recuperando la valla perimetral de piedra,
que responde a la tipología de la cortina sayaguesa. El dolmen sólo
conserva las losas hincadas que hacían el pasillo hacia la cámara
cubierta. Fue descubierto por el agustino César Morán en 1935. Este
fraile omañés hacía sus excursiones en bicicleta que recogió en
varios libros en los que se queja con frecuencia de la afición canina
a rasgarle sus eclesiásticas vestimentas.
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