Esta semana se abre a las visitas el bosque de
Fenal, uno de los enclaves naturales más exóticos, inesperados y
hermosos de Castilla y León.
La novela «El bosque perdido» de Emilio Gavilanes recrea
la mitología de la Carballeda, una comarca zamorana poseída por
el hechizo de los bosques y la magia de las leyendas. Muelas de
los Caballeros es la capital de esta comarca que toma su nombre
de los robles y uno de sus pueblos mejor conservados. Tiene un hermoso
caserío alzado con buena piedra de sillería en el que destacan los
alardes de sus balconadas de madera adornadas a capricho.
A un kilómetro del pueblo y siguiendo un camino de tierra
bien indicado se encuentra el bosque de Fenal, que es el precioso
legado del capricho de don Maximiano Sánchez Prieto, un pastor enriquecido
que hace cien años tuvo un sueño tropical y lo realizó en el pedregal
de las Grandillas, una cuesta que domina las matas de castaños y
robles y los escondidos molinos de la Ribera.
Don Maxi había amasado aquella fantasía en sus lentas jornadas
de pastoreo y en cuanto pudo la puso en pie. Antes tuvo que descantar
la finca y volar los serrijones que la atravesaban. Así la despojó
de todas las peñas menos de la más prominente, sobre la que encaramó
el balcón verde de su casa.
La novela de Gavilanes relata cómo don Maxi «perforó el suelo
hasta encontrar un vejigón de agua pura, extendió carros y carros
de abono, y sembró y plantó cuantas flores, árboles y plantas en
general pudo reunir, y que, sin excepción, por lejano que fuese
su origen, prosperaron con la misma vitalidad que la vegetación
local ». También instaló un teléfono que sólo se comunicaba con
la casa del pueblo. Con los azotes de la guerra la finca quedó abandonada.
Hace quince años sus herederos la vendieron y ahora el jardín
botánico se abre a las visitas a través de un convenio con el programa
de desarrollo rural.
BOSQUE BOTANICO
El jardín de Fenal cobija especies vegetales exóticas de
una envergadura impresionante. Así, las secuoyas que los naturalistas
se empeñan en bautizar como belintonias, seguramente ignorando el
viaje de este último término inglés al castellano. Fue un capricho
del Nobel Aleixandre, que tenía su casa en la calle Welingtonia
de Madrid. Lo introdujo en el diccionario como velintonia, y así
figura, nunca con “b”, como se repite en el libro valenciano «Árboles
Singulares de Castilla y León». Son varias las secuoyas traídas
a este paraíso de la Carballeda desde la Exposición Universal de
París.
Junto a la puerta de la casa descuella un vistoso cedro del
Atlas o pinote y a la entrada al jardín un gigantesco pinsapo o
abeto, podado este verano a su aire por los operarios para que las
ramas bajas no molestaran en la obra.
Hace un año, uno de los frecuentes fuegos que tiene lugar
en agosto atravesó el bosque de Fenal dejando huella de su paso
en algunos de los árboles situados en los bordes. El conjunto lo
salvó el azar o el tapiz verde de la finca. De hecho, fuera de la
cerca de piedra todo quedó calcinado a uno y otro lado.
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