En Benllera,
que muestra su plaza recién remozada con gusto, están muy presentes
el rastro y la memoria del linaje de los Tusinos, vinculado a los
orígenes de la Reconquista. Su última descendiente, recordada como
“la señorita de Benllera”, vivió hasta principios de los cincuenta
del pasado siglo en la casona blasonada que domina la plaza, después
de haber sido alcaldesa en el bienio anterior a la guerra civil.
Se llamaba Manuela Álvarez de Miranda y Cuenllas y sus posesiones
se extendían desde el Sardinero hasta el Real Sitio de El Abrojo,
en Valladolid.
La casona solariega del dieciocho fue despojada de sus galas
artísticas en un proceso de implacable deterioro que retratan las
dos primeras novelas de Luis Mateo Díez: Apócrifo del clavel y la
espina, que fue Premio Café Gijón, y Blasón de muérdago. En ellas
bautiza al lugar como Murias de Valbarca, en homenaje a una novela
inédita de su padre. Años más tarde, el valle de la Barca, donde
estaban las tierras más fértiles del pueblo, sería anegado por el
embalse de Selga.
La primera novela describe la historia de este linaje rural
desde sus orígenes legendarios en la Reconquista hasta su desaparición
a mediados del siglo veinte. La segunda concentra su relato en la
patética historia del último señor de la casona, pródiga en episodios
esperpénticos.
LINAJE LITERARIO
Más allá de la literatura, el patrimonio artístico del
linaje se esfumó en el trasiego de una liquidación insensata que
no perdonó piezas religiosas ni adornos nobiliarios.
Desde entonces se perdió el rastro a un valioso Cristo de
la escuela de Miguel Ángel, al violín adquirido a un luthier alpino
y al codiciado reloj número nueve de Losada en oro.
El joyero de la casa se fundió para hacer la corona de la
Virgen de Camposagrado. Nada queda tampoco de la acreditada pinacoteca
de la casa. Todo lo arrumbó el turbión de la almoneda.
El pueblo de Benllera se extiende a lo largo del camino de
Carrocera a La Ribera, dejando libre para las huertas el lecho del
valle que riega el arroyo. Al otro lado de la reguera la iglesia
y la casona presiden la plaza, de la que parte el barrio de las
Pedrosas.
Detrás de la iglesia asoma el portón del zaguán, un recinto
blasonado con las armas de la casona. La iglesia no dice mucho por
fuera. Dentro conserva, aunque muy deteriorada, la capilla señorial
de la Trinidad, en la que descuellan las estatuas yacentes de dos
personajes de la estirpe rematando un sepulcro gótico del siglo
quince.
El entorno del pueblo ofrece multitud de sendas. Una de las
más llamativas es la que parte de la plaza por las Pedrosas y va
a dar a La Llana recorriendo el hondón del valle. Más dificultad
tiene la subida hasta el páramo de Camposagrado siguiendo el Cordel
de las Merinas, que remonta la cuesta del Caballo.
En la caída del Cillerón se observan pequeñas vallinas en
peine con forma de medulillas. Seguramente se trata de antiguas
explotaciones auríferas asociadas a la Presa de la Griega. Ya en
el páramo, a la izquierda del cordel, se atisba el relieve de los
enigmáticos Pozos de Colinas, que un día fueron trece.
|
|
|