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| TURISMO RURAL
/ LA RUTA |
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| VILLAGARCIA DE CAMPOS (VALLADOLID) |
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| Esta villa terracampina transforma su quietud habitual durante los fines de semana
con la irrupción de penitentes que llenan de cánticos la Casa de Ejercicios de los
jesuitas. Desde hace unos años congrega las plegarias neocatecumenales de los Kikos |
| La guardería de
Jeromín |
| ERNESTO ESCAPA |
| Al pie de los Torozos,
entre el vacilante curso del Sequillo y las cuestas salpicadas de
carrascas bravías, se tiende el caserío de esta villa terracampina
que vivió su esplendor en los siglos imperiales. La mejor manera de
aproximarse a Villagarcía es descendiendo
desde los Torozos
por el lazo de una carretera
que ofrece su estampa ... |
... completa:
la eminencia del complejo jesuítico, la torre de San Pedro en medio
del laberinto quieto de sus calles amplias y los lienzos solitarios
del castillo palacio de los Quijada.
Pero no es ese el camino más frecuente de llegada, sino la
carretera de Rioseco a Toro.
Así que después del humilladero del Ecce Homo lo primero
que encuentra el viajero en la antesala del pueblo son las ruinas
del castillo donde creció el héroe de Lepanto. Aquí vivió los años
decisivos de su infancia el bastardo del emperador que luego sería
conocido como Juan de Austria. Una novela famosa del Padre Coloma
recrea el aprendizaje de Jeromín, que fue el nombre que cobijó su
estancia en Villagarcía.
El castillo palaciego que hoy se ve hecho una calamidad perteneció
inicialmente a la Corona y luego engrosó el patrimonio de la reina,
quien lo entregó a los Quijada, que don Quijote tomó por sus antepasados.
El primer daño grave al castillo lo ocasionó el ejército napoleónico,
que en 1810 asoló la población. Las ruinas actuales son propiedad
de la condesa de Cifuentes.
En las inmediaciones de lo que fue un antiguo
convento aún se conservan las ruinas de un acueducto. / FOTOS:
ERNESTO ESCAPA
LA AVENTURA DEL BASTARDO
El niño Jeromín nació en 1545 de una aventura crepuscular
del emperador Carlos con Bárbara Blomberg, una lavandera de Ratisbona.
Un año más tarde, el emperador viudo casó a Bárbara con un alemán
de su séquito y trasladó a su hijo a España. Primero, a Leganés, donde
un vihuelista flamenco lo fue preparando para la carrera eclesiástica.
A los nueve años se lo confía a los señores de Villagarcía,
Luis Méndez Quijada y Magdalena de Ulloa, que no tenían hijos. Aquí
recibe una educación exquisita, con preceptor y escudero. Don Luis
era escudero del emperador y su mujer fue conocida, por su generosidad,
como limosnera de Dios. Ellos serán los motores del esplendor de Villagarcía. |
| Guia |
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COMO
LLEGAR
Hasta la localidad de Villagarcía de Campos se accede desde
el término municipal de Medina de Rioseco por la VA-505, que
comunica la Ciudad de los Almirantes con Toro.
DONDE COMER
En la localidad de Castroverde de Campos, en el Mesón El Labrador
(Teléfono 980 664 653) es uno de los faros de la gastronomía
castellana y leones.
TURISMO RURAL
En Villagarcía de Campos, Casa Jeromín (983 295 980). En Tordehumos,
Casa del Arriero (983 714 293) y Don Agustín (983 714 580). |
Vestigios del palacio de Quijada. |
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duque
acapara con su amplitud casi una manzana junto al soportal porticado
del bar Burgalés.
Antes de morir su padre, Jeromín estuvo una
temporada de paje en Yuste sin que se revelara su identidad. Hasta
los catorce años no supo que era Juan de Austria. Entonces se produjo
el encuentro con su hermanastro Felipe II en el monasterio de La Espina.
Más tarde estudió en Alcalá junto a su sobrino el príncipe
Carlos, que moriría víctima del furor paterno. Con la mayoría de edad,
pudo conocer a su madre, que vino a visitarlo. Después de convertirse
en el más laureado bastardo de la historia, por su hazaña en Lepanto,
moriría a los 33 años, en medio de la sospecha popular de haber sido
envenenado por impulso soberano.
Desde el solar del castillo, que ahora sólo cobija
desolación y desperdicios, se atisba la torre de San Pedro, que emerge
como un faro de ladrillo en medio del caserío. La plaza de la iglesia
es amplia, está urbanizada con decoro y no parece muy desvirtuada.
La panda de la iglesia se prolonga en una calle que muestra
varios edificios nobles. La iglesia es del paso al dieciséis y está
hecha con piedra, excepto los cuerpos altos de la torre, rematada
en ladrillo. Tiene una hermosa portada. La plaza todavía conserva
el monumento a los Caídos, un anacronismo que se repite en las placas
del callejero.
EL ESCORIAL DE CAMPOS
Los tutores de Jeromín patrocinaron también a San
Francisco de Borja, para quien doña Magdalena de Ulloa, al quedarse
viuda, fundó los colegios jesuíticos de Oviedo, Santander y Villagarcía.
Este noviciado terracampino protagonizó los dos siglos
de esplendor de la villa, una preeminencia comarcal que se esfumó
con la expulsión de los jesuitas. La colegiata se hizo según trazas
de Rodrigo Gil de Hontañón, entre 1572 y 1580. Este templo se convirtió
en arquetipo y su modelo aparece repetido en las iglesias jesuíticas
repartidas por el mundo.
Protegiendo su entrada se alzan dos nobles edificios
que van recuperando su prestancia después de siglos de abandono. El
hospital de la Magdalena sirvió como cuartel de la Guardia Civil y
ahora es Casa de Cultura. Un incendio arrasó sus interiores en 1960.
Es una construcción clasicista de fines del dieciséis.
El frente que mira hacia la colegiata ostenta los escudos de los Quijada
y Ulloa flanqueando una hornacina. Al otro lado de la calle se alza
el palacio de un obispo franciscano, de mediados del diecisiete, actualmente
en obras.
A través de los jardines, donde todavía se conserva el
acueducto primitivo, se accede al complejo jesuítico de Villagarcía,
que alberga un estupendo museo, además de una curiosa reconstrucción
de la celda del Padre Isla que aquí escribió su Fray Gerundio.
En la iglesia descuella el retablo mayor diseñado por
Juan de Herrera que muestra seis grandes relieves de alabastro. A
ambos lados del presbiterio se encuentran los monumentos funerarios
de los fundadores, cuyas tumbas presiden la cripta excavada bajo el
altar.
Aunque los nuevos pabellones de ladrillo inaugurados
por Franco en 1959 no sean el mejor envoltorio para las joyas del
museo, el recorrido de sus salas no defraudará a nadie.
Las piezas de alto valor artístico conviven con elementos
curiosos, como el botamen conventual o los libros salidos de su imprenta
o la celda de Isla, donde no faltan los libros anotados en el inventario
de su biblioteca, además de la escopeta de cazador y los cuernos para
la pólvora.
También hay un gato disecado que recuerda al Tonto
que entretenía al fraile, merecedor de tal nombre por su pacífica
costumbre de compartir las habichuelas con un tordo. Y están los recuerdos
de Lepanto legados por Juan de Austria a sus tutores, además del impresionante
relicario. Es un museo que hay que ver. |
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