Castilla y León
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  TURISMO RURAL / LA RUTA  
 RIAÑO (LEON)  
La cordillera que abrocha este valle ahogado de la montaña leonesa compone uno de nuestros escenarios naturales más espectaculares y hermosos. Aunque todavía la sutura del tiempo no ha conseguido aliviar la nostalgia del paraíso perdido
 La derrota de los lirios
ERNESTO ESCAPA
  Esta hondonada del ángulo fluvial, que acoge el encuentro de las aguas desprendidas por los neveros de Tarna, del Pontón y de San Glorio, adornaba sus verdes praderas con los lirios más hermosos de toda la montaña. Un regalo silvestre que aquí se llama capilote. Pero aquel valle bucólico embalsa desde hace lustros un caudal ...
    ... ingente de agua, cuyo espejo devuelve la silueta nevada de su cíngulo de rocas.
    Es imposible acercarse a Riaño y no evocar la magnitud de su pérdida. Quizá por eso, los proyectistas del nuevo poblado pusieron buen cuidado en remontar hasta aquel oteadero unas cuantas antiguallas con las que apaciguar la mala conciencia del despojo. De modo que a lo largo del promontorio se exponen diferentes elementos para consolar la nostalgia.

Desde el mirador de lo que compone el nuevo pueblo de Riaño, el horizonte ofrece un espectacular paisaje de peñas y agua. / FOTOS: ERNESTO ESCAPA
   El camino Esla arriba, desde Las Salas, topa con el muro pando del embalse, que corona por un puertecillo que permite al viajero una primera visión fugaz de las aguas apresadas. Esta pared de hormigón se levantó a lo largo de diez años, entre 1966 y 1976.
   En los últimos tiempos anteriores al cierre exhibía una gigantesca pintada reclamando su demolición, que alguien encargó que se fregara, para evitar tentaciones. Algunas alegaciones de la época recordaron que el emplazamiento del muro alteraba unas Conjas inventariadas como espacio natural a proteger. Pero eran tiempos en que este tipo de requisitos sonaban a música celestial.
   La agonía de estos valles todavía se alargó otros diez años más. La carretera nueva hacia Riaño atraviesa algunos túneles canijos y prosigue por Horcadas y Carande.
   Dos pueblos orillados hasta el ahogo del valle del Esla. Carande se hizo famoso por el historiador de igual apellido, que reivindicó sus remotos orígenes entre Carande y Éscaro en varios volúmenes de impagables evocaciones.

  ATAQUE FEROZ
  Guia  
  COMO LLEGAR
A Riaño se accede desde Mansilla de las Mulas por la carretera N-621, que allí se bifurca hacia San Glorio y Picos de Europa.
  DONDE COMER
En Riaño, El Molino de Huelde (987 740 815), Presa (987 740 637), El Mesón (987 740 626) y Sainz (987 740 663). En Horcadas, Peñalba (987 740 777).
  TURISMO RURAL
En Riaño, casa La Huerta (987 740 663) y casa Buenavista (987 740 797).

Campanas del olvido.
  También don Pío Baroja escudriñó los vestigios de las guerras carlistas en su recorrido por la montaña de Riaño. Precisamente Éscaro, ya ahogado, fue el escenario de un ataque feroz de Espartero a las tropas de Gómez, más apreciadas en este entorno levítico.
   Al remontar el puertecillo entre Horcadas y Carande, de nuevo aparece la lámina del embalse.
   A la derecha de la carretera, en la caída hacia las aguas, se recompuso la ermita de Quintanilla, que celebra una concurrida romería en agosto.
  Antes de cruzar el viaducto, que hunde sus patas de hormigón en el lago, un ensanche a la derecha permite tomarse un respiro.
   Se observa el caserío acaballado, la orilla del embarcadero y el horizonte vegetal de Tierra de la Reina, en el que los bosques predominan sobre las peñas.
   No hay otra forma de alcanzar el nuevo Riaño que traspasando el vértigo de su viaducto. Una pasarela que ofrece a la vista paisajes de postal. Aunque, eso sí, sin un recodo donde parar.
   Al final emerge la leve espadaña de la ermita medieval del Rosario, aupada sobre el espigón del promontorio que ocupa el nuevo poblado. Es un ejemplar menudo de modestísimo románico rural. Esta ermita, que ahora goza de unas vistas majestuosas, fue traída de La Puerta, uno de los siete pueblos ahogados por el embalse.
   Tampoco está mal el acompañamiento que los proyectistas le pusieron en el cerrete.
  Un níveo monumento del que cuelgan las campanas de los templos derruidos por las máquinas; el hórreo de Salio; y una buena colección de pedruscos. La percha de las campanas es quizá lo más atinado de cuanta ferralla conmemorativa se ha distribuido por el pueblo nuevo. Por su levedad.
   HORIZONTE DE VERTIGO

  La ermita románica guarda en su interior algunas pinturas murales góticas y barrocas. Y regala unas vistas espléndidas.
  El hórreo es una pobre muestra de la riqueza que este género de construcción alcanzó en la montaña de Riaño. A comienzos de los ochenta se hizo incluso un inventario que a la postre no sirvió para otra cosa que agrandar la herida.
  Aunque gozan de protección, no hace falta ser un lince para comprobar cómo se van deteriorando los ejemplares que quedan, mientras no resulta raro encontrar en otros sitios nuevos hórreos con traza de bricolaje.
  El espigón de la ermita es el lugar más grato del nuevo Riaño. Antes de embocar la calle de las galerías, se ve a la derecha la torre de la parroquia, también trasladada desde Pedrosa del Rey.
  Esta iglesia fue un pastiche compuesto al arbitrio del escritor local Antonio Valbuena.
  Consiguió unos dineros presupuestarios para levantar una iglesia de nota en su pueblo y valiéndose de influencias bajó de Siero una portada románica que embutió en otras piedras desmontadas de aquí y allá.
  Pero con la última mudanza los de Siero dijeron hasta aquí hemos llegado con el préstamo y ya basta. Así que la portada románica volvió a su sitio y a esta de Riaño le fabricaron una réplica.
  También perdió la cabecera, que ahora tapa una cristalera por la que se observan durante el culto las colgaduras de una grúa. La iglesia forma conjunto con el desafortunado edificio consistorial, aunque sin llegar a componer una plaza.
  La plaza simbólica, que los proyectistas bautizaron como de los Pueblos, dedica un monolito a cada uno de los núcleos desaparecidos.
  Pero resulta un recinto agobiado, como la misma calle principal, atestada de galerías con mucho maderamen barnizado y reclamos comerciales.
  Cuando concluye la curva de su trazado, que deja a la izquierda el desahogo de unas ruinas, de nuevo se encharca el horizonte.
  Allí se alza el estadio de los aluches, que combina las bancadas de piedra con la transparencia de su cubierta volada, la precaria instalación del mercado de ganados y la bajada al embarcadero.

La cresta del bosque Cortes (Burgos) Orillas del Cea Melgar de Arriba (Valladolid)
El capitel de las monjas San Pedro de las Dueñas (León) El hayedo de Rivacote Montes Obarenes (Burgos)
La cuna del mudejarillo Fontiveros (Ávila) El refugio del filósofo Castrobol (Valladolid)
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