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| TURISMO RURAL
/ LA RUTA |
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| VILLAVICENCIO DE LOS CABALLEROS (VALLADOLID) |
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| Aunque una nube de melancolía
transita por sus calles, Villavicencio muestra una estampa sin concesiones
a la resignación. Los rescates superan a las derrotas en este
pueblo que exhibe con orgullo la elegancia del adobe y los resoles
del tapial |
| El señorío
de los vencejos |
| ERNESTO ESCAPA |
| Villavicencio se asienta a orillas
del Valderaduey, flanqueado por un par de arroyos diminutos. Escalericas
y el Pocico son sus nombres. Este enclave fluvial en medio de las
llanuras terracampinas explica la prosperidad histórica del emplazamiento.
Todavía se conservan vestigios de un par de molinos asentados en... |
...cuérnagos
del Araduey, que en sus buenos tiempos estuvieron administrados por
los monjes de Sahagún.
El monasterio también se ocupaba de ejercer una cierta labor
de peritaje agrario, a fin de engordar
las cosechas de cereal y vino.
Pero la historia de Villavicencio
es anterior a esa tutela monástica
y también a la existencia del
propio nombre, debido sin duda al
repoblador de turno.
Plaza
e iglesia de San Pedro, actual parroquia de Villavicencio de los
Caballeros. / FOTOS: ERNESTO ESCAPA.
Aunque no falta quien derive el topónimo de las refriegas
fronterizas, en las que siempre salían victoriosos sus caballeros,
de manera que el lugar fue conocido como ‘Villavenció’, para evitar
rodeos. Luego, ya se sabe, de aquellos triunfos vino la regalía
del apellido y del trajín de los siglos Villavicencio, ya sin tilde.
Cosas del ingenio popular.
Recientes excavaciones identificaron restos arqueológicos en
el teso del Castro, donde más tarde estuvo el castillo y ahora el
depósito de agua. Aparecieron diversos testimonios de la segunda Edad
del Hierro, además de un mosaico y restos cerámicos de época romana.
Aguas arriba del Valderaduey, en Becilla, se puede ver todavía el
puente romano con un tramo de calzada.
El castillo de Villavicencio formó parte de una de las cadenas
defensivas que marcaba la frontera entre León y Castilla. Un lugar
muy codiciado, como atestiguan los cuatro fueros recibidos en ciento
treinta años. Una cadencia de privilegios que revela de modo muy expresivo
el proceso de poblamiento de la zona.
LA MOTA DEL CASTILLO
El castillo estuvo aupado sobre una peana artificial de arcilla
de cinco metros elevada sobre el cerro. La devastación de los siglos
y el asiento en la misma mota del depósito dejó en muy poco los vestigios
de aquella fortaleza tan airosa.
Los alrededores del pueblo exhiben palomares agrupados o sueltos
de diferentes tipologías: circulares en la vaguada de San Pelayo hacia
el Pocico y
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| Guia |
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COMO
LLEGAR
Villavicencio se encuentra en la VA- 520 que comunica Becilla
de Valderaduey, en la N-601, con Villalpando, en la autovía
del noroeste, por el valle del Valderaduey, a cinco kilómetros
de Becilla.
DONDE COMER
En Villavicencio, Mesón Escudero (983 757 427). En Castroverde
el Mesón el Labrador (980 664 653).
TURISMO RURAL
En Becilla de Valderaduey, El Cantón (983 746 145). En Roales,
Las Mieses (980 665 004). En Morales de Campos, la Casa de las
Bolas (983 722 097). |
Torre mirador de San Pelayo. |
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uno rectangular
con aspecto de corralillo vigilando el tránsito de la carretera por
la villa vieja.
La calle Democracia divide la villa nueva de la vieja.
En la villa nueva se asientan las iglesias de San Pedro, que es la
parroquia, y de Santa María, cuyo magnífico retablo está restaurando
la Fundación del Patrimonio. Son templos del dieciséis rematados dos
siglos más tarde. Y muy distintos.
De la cabecera de Santa María, que se engalana con pináculos
y gárgolas de traza gótica, parte la calle del Palacio con un hermoso
edificio mudéjar porticado en la esquina. Un arco conopial da entrada
al templo, que se organiza en tres naves chaparras rematadas por bóvedas
encaladas. Las joyas que cobija son el retablo mayor y la pila bautismal.
En su interior se celebra la ceremonia del Descendimiento,
uno de los hitos de la Semana Santa terracampina. San Pedro tiene
torre mudéjar, un estupendo retablo renacentista y un pórtico neoclásico
apoyado en media docena de robustas columnas de piedra.
La villa vieja incorpora en su trama los dos edificios
dieciochescos que engalanan el patrimonio de Villavicencio, ambos
decaídos y con el pésimo aspecto que produce la tenacidad del abandono.
En la misma plaza Mayor ocupa una manzana completa el priorato
de las monjas benedictinas de Sahagún. Se ve que los conventos facundinos
andaban al copo.
De hecho hasta mediados del diecinueve el abad de Sahagún ejercía
su jurisdicción sobre las tres parroquias sin importarle las quejas
y reclamaciones del obispo de León. También las monjas de Gradefes
tuvieron intereses en la villa.
DECLIVE CIVIL
El priorato de la plaza tiene en su fachada un escudo
blanquecino, que parece de escayola, y al lado un portón igualmente
blasonado de indudable prestancia. Pero a estas alturas todo el perímetro
de la manzana urbana aparece rodeado por una cinta plástica de las
que anuncian ruina.
Realmente es una pena. Como lo es también la deteriorada
estampa del palacio de los Franco, ante cuya fachada discurre el tráfico.
Sin embargo, el mensaje que transmite Villavicencio no es de derrota.
Una lápida con medallón de bronce homenajea al insigne maestro
Raimundo Fernández del Río que entre 1856 y 1898 regentó la escuela.
Firman sus discípulos agradecidos.
Cierto que el censo declina y que una nube de melancolía transita
por sus calles. Pero mi retina de visitante aprecia una considerable
mejora en la estampa de Villavicencio a lo largo de estos últimos
años.
Se trata de un pueblo articulado en espacios generosos, diáfano
y cuidado. Bandadas de vencejos cortan el aire con la fugacidad de
su vuelo. Pocos lugares exhiben con semejante lustre la elegancia
del adobe y los resoles del tapial.
La torre de San Pelayo, que en su tiempo marcó el centro de
la villa vieja, aparece ahora como mirador aislado, dominando los
muñones de su ruina consolidada y vigilada por los respiraderos de
las bodegas.
Es una construcción mudéjar con tres órdenes de ventanas, cuyo
alzado exento le da un empaque singular. Una de sus campanas ha descendido
hasta la plazuela aledaña, donde cuelga sin melena como adorno vecinal,
con su bronce protegido de las lluvias por un tejadillo metálico.
En el arreglo, la iglesia perdió los muñones de tapial que
quedaban en pie de sus muros. Así resalta el arco desnudo de la entrada
y los machones de piedra. Son los afeites de los fondos económicos
europeos. |
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