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| TURISMO RURAL
/ LA RUTA |
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| VALDELATEJA (BURGOS) |
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| Transitado por las aguas del Rudrón,
Valdelateja no es un pueblo que enganche por el atractivo de sus piedras,
tan habitual en la montaña burgalesa. Pero su emplazamiento
lo convierte en lanzadera hacia algunos de los paisajes naturales
más fascinantes |
| El monte de los lirios |
| ERNESTO ESCAPA |
| En Valdelateja se despide el
Rudrón de la belleza natural de su valle para abrazarse al Ebro que
desciende encajado entre cantiles y quiebros tectónicos. Por esa posición
de encrucijada, Valdelateja se ha convertido en lanzadera para recorrer
los cañones del Ebro y así lo atestiguan los
grupos de andarines que
sucesivamente recalan ... |
... en la terraza
instalada en el atrio de su iglesia, a la sombra de unos castaños
de indias.
Pero los vericuetos geológicos del Ebro no son el único
reclamo para el viajero que llega a Valdelateja. Más cerca, a tiro
de vista, se yergue el cerro imponente de Castro Siero, arbolado en
toda su falda.
Aguas arriba del Rudrón, que es un río mágico y de naturaleza
fastuosa, a medio kilómetro de paseo por la ribera, se encuentra el
balneario que dio lustre decimonónico a Valdelateja.
Una instalación termal concurrida en sus buenos tiempos
por clientes caprichosos como el tenor Fleta, en cuyo honor se organizaron timbas
interminables e imposibles de
olvidar.
Barrio
de la iglesia de Valdelateja, visto desde el mirador del cerro de
la ermita. / FOTOS: ERNESTO ESCAPA
Quizá por eso el balneario pasó luego por el purgatorio
de su abandono durante más de medio siglo. Una temporada penitencial
en la que acogió las vacaciones piadosas de los seminaristas.
Pero actualmente el balneario ha recobrado aquel ambiente
postinero en el que tan a gusto se encontró don Antonio Maura. Maura
llegó a Valdelateja, después de haber pasado el susto de un par de
atentados, traído por los Gamazo.
Era entonces presidente del Consejo de Ministros y de
la Real Academia, así que a menudo se veía forzado a compensar los
frecuentes agasajos con el ingenio de algún
piropo turístico. En Covanera se recuerda
su eslogan para el sifón del
Pozo Azul: «una esmeralda engarzada
en un zafiro». Está visto que
la Academia no es garantía de talento.
LA SENDA DEL BALNEARIO
El paseo entre el balneario y el pueblo apenas entretiene
media hora y eso tomándolo con la debida calma. Se puede hacer utilizando
la pista de tierra por la que se aventuras algunos coches o, aún mejor,
la senda de la ribera, que discurre junto al murmullo del agua, entre
sauces, álamos y alisos.
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| Guia |
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COMO
LLEGAR
Valdelateja se encuentra poco antes de la confluencia de los
cañones del Rudrón y del Ebro, en un desvío de la N-623 que
comunica Burgos con Santander.
DONDE COMER
En Valdelateja, la Posada del Balneario (947 150 215), Mesón
de Valdelateja (947 150 155) y Asador Centola (947 150 153).
TURISMO RURAL
En Valdelateja, Valle del Rudrón (947 206 455) y La Posada del
Balneario (947 150 220). |
Campana de la ermita. |
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El
balneario ocupa un paraje paradísiaco y asoma a la ribera sus miradores
azules, pero todavía conserva algunos pegotes de la temporada vocacional.
Desde el atrio de la iglesia, que se ha convertido en
el rompeolas de Valdelateja, se aprecia la hendidura arbolada del
Rudrón y también su remanso bajo el puente, a los pies del mirador.
Valdelateja distribuye su caserío en dos barrios desiguales que escoltan
el paso del río.
La iglesia no hace justicia a la nobleza artística que
distingue a cualquier pueblo de estas latitudes. Y eso tiene su explicación.
En realidad, para disfrutar de Valdelateja en su plenitud y para entender
algo de su historia, es preciso subir antes o después hasta el cerro
truncado que domina su horizonte.
El paseo hasta la cima del cerro ofrece numerosos alicientes.
Y resulta relativamente cómodo, a pesar de lo empinado de su trazado
en algunos trechos.
Todo el recorrido de ida y vuelta, con las paradas de
reglamento, se hace en una hora. Antes de tomar el giro hacia la senda
de Castro Siero, en los confines del pueblo, un abrigo de la ladera
muestra la estructura de un antiguo colmenar. En esta zona la habitación
de las abejas se construía con muros de piedra en los que asoman los
dujos, que son el colador de unos troncos de olmo vaciados para los
panales de rica miel.
Dada la inclemencia del tiempo, las abejas buscan en estos
parajes un lugar abrigado de solana y con agua clara cerca. Sólo unas
huertas median entre la dulce oquedad y la corriente del arroyo.
LA CUESTA DE LOS MUERTOS
Los primeros tramos de la senda conservan los repechos
empedrados. El camino no permite otra circulación que la pedestre
y enseguida desvela las primeras sorpresas. Todo él discurre bien
sombreado de vegetación entre robles centenarios. El castro que da
nombre al cerro cobijó el primer asentamiento prerromano y estuvo
habitado hasta la Edad Media.
Luego la población descendió a los pies del cerro y allí
se mantuvo el pueblo de Siero hasta que en 1914 sus últimos habitantes
bajaron a vivir a Valdelateja. Pero el camposanto donde se entierran
los vecinos de Valdelateja sigue adosado a las ruinas góticas de la
iglesia de Siero.
A mitad de la senda se encuentra la piedra de los muertos,
donde depositan el féretro para hacer un alto y descansar los porteadores.
Los primeros muros vencidos de Siero pelean con la vegetación a orillas
del camino.
Enseguida, al girar hacia el cerro, aparece la estampa
rota pero consolidada de la iglesia. Al clausurar el pueblo, en la
segunda década del siglo veinte, se trasladaron la espadaña y la portada
a Valdelateja, para dignificar su ermita de Santa Eulalia. También
las imágenes góticas de las santas Centola y Elena, cuya ermita visigótica
preside la cima del cerro.
Entre las ruinas de Siero y la cumbre del castro el paseo
discurre perfumado por miles de lirios silvestres. Ya se oye la campana
de la ermita que tocan los caminantes al coronar el recorrido.
La ermita es sencilla y se ve bien arreglada. Todo el
espacio de la cima está limpio y cuidado. Una inscripción en la cabecera
atribuye su construcción a Fernando y Gudina, los abuelos de Fernán
González, fundador del condado de Castilla. Está en el sillar bajo
el que se abre una mínima ventanita que permite atisbar la penumbra
interior. Ahí se resume toda su decoración: una cruz con el alfa y
el omega y un racimo.
Al lado, una mínima capilla cubre la roca sobre la que
fueron decapitadas las vírgenes. Quien pasa un paño húmedo sobre la
piedra, lo recoge teñido por la sangre de aquel martirio.
El lugar ofrece horizontes impagables. En un extremo de
la mesa un grupo de encinas protege del sol el mirador sobre el caserío
de Valdelateja. Las águilas entretienen con su vuelo majestuoso el
vértigo de los cantiles.
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