Castilla y León
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  TURISMO RURAL / LA RUTA  
  PIEDRAHÍTA (ÁVILA)  

 La silueta francesa del palacio ducal de los Alba evoca las estancias veraniegas de Goya y de la corte de músicos y poetas que seguían en tropel a la maja de sus cuadros. A su espalda se extienden los jardines y asoma el imponente balcón de Peña Negra

 Majas e ilustrados

ERNESTO ESCAPA
  Piedrahíta se asienta en un lugar privilegiado del valle del Corneja, a la sombra de las sierras de Villafranca y de su nombre, cuyo colorido ha pasado a la historia del arte, primero en varios cartones para tapices de Goya y más tarde en los cuadros de Benjamín Palencia, tantos años recluido en la fértil soledad de Villafranca de la Sierra. Goya acudió como invitado veraniego de la duquesa de Alba...

  ... mientras Palencia escogió el disimulo del Corneja para esquivar esquivar tiempos hostiles.
  La villa extiende su caserío en torno a la plaza Mayor en un trazado rectangular de calles estrechas tituladas con nombres hermosos y expresivos. La plaza es amplia e irregular y protege con árboles vetustos el recinto de la robusta fuente dieciochesca que refresca la antesala del ayuntamiento. Alrededor, los viejos comercios asoman bajo los soportales o se pegan a la cabecera de la iglesia para asombrarse de su torre almenada, que antes de ser casa de Dios fue palacio de doña Berenguela.
  El viajero Cela dejó anotada en su cuaderno abulense la costumbre de cantar todos los primeros viernes un responso por la dama, que cedió su palaciega residencia para albergar los rezos del pueblo.
  La iglesia tiene un hermoso pórtico de arcos cerrado con cancel de forja, una frontera simbólica que nunca rebasó el ilustrado Somoza, ‘porque el aire de iglesia le sentaba mal a su salud’. Un siglo más tarde, aprovechó el lugar para echar sus devotos y líricos sermones los domingos después de misa, el poeta Gabriel y Galán, que estuvo de maestro en Piedrahíta hasta que cambió la escuela por las tierras de una adinerada extremeña.
  La iglesia de Piedrahíta ofrece en su interior varias sorpresas que no deben pasar inadvertidas al viajero curioso: un claustro renacentista, cuya visita suele escatimarse por comodidad y es preciso solicitar expresamente, y las pinturas murales que aparecen tras el retablo mayor y en la sacristía. Bordeando la iglesia se descubren elementos defensivos y algunos de los rincones con más sabor de la villa. Así, restos de la cerca en la carretera de La Herguijuela, a la que se accede desde la plaza por la Puerta Nueva, que hasta la penúltima reforma ostentó un aviso que advertía con multa de una peseta a quien usara el refugio para hacer aguas.

    Palacio ducal con las nubes de Peña Negra encima.
  EL HEREJE DE PIEDRAHÍTA
  El origen de Piedrahíta lo sitúa el imaginario popular en el hallazgo de unos cazadores, que encontraron en medio de la niebla una ciudad perdida y para no extraviarla marcaron el retorno con pequeños hitos de piedra. La aventura de los cazadores pertenece al relato de una leyenda ‘delicada como una rosa de

  Guia  

 CÓMO LLEGAR
 Piedrahíta se encuentra a 62 kilómetros de Ávila por la N-110 y a 71 de Salamanca por la C-510, en el cruce de caminos hacia El Barco de Ávila y hacia el corazón de Gredos por el puerto de Peña Negra.
 QUÉ VISITAR
 Museo de Arte Sacro (920 360 702). Sábados, de 11,30 a 13,30 y de 17,00 a 19,00.
 DÓNDE COMER
Restaurantes Chivis (920 360 036), Gran Duque (920 360 830), Piedrahíta (920 360 861), Nice (920 360 473), La Casona (920 360 071), Rebojos (920 360 458), El Alamillo (920 360 365) y El Arco (920 361 014).
 TURISMO RURAL
Posada doña Cayetana (920 360 709). La casa Vieja (920 206 204), Los Laureles (920 362 892), Neveritas (920 206 204), Peña Negra (920 360 975), Puente de las Azucenas (920 206 204), Sixto (920 220 593) y El Zapatero de Sexifirmo (920 360 086).
 TURISMO ACTIVO
El entorno de Piedrahíta reúne condiciones excepcionales para la práctica de parapente y ala delta con todo tipo de garantías en sus instalaciones. Centro Internacional de Vuelo Libre de Piedrahíta (920 362 215).

jardín’, y según Cela, explica el nombre de Piedrahíta. También don Camilo dejó escrito que Piedrahíta es ‘villa de buen ver y de elegido emplazamiento’, cumplido piropo del que hacen eslogan, con mejor o peor tino, los bautistas de calcomanía y los pregoneros turísticos del lugar.
  En el callejeo inmediato a la plaza no faltan los atractivos. Quedan ejemplos de arquitectura palaciega en la calle de la Horcajada, soportales en la calle de Alcacerías, vestigios tradicionales en la plazuela del Mercado. Merece la pena detenerse en el convento de las Carmelitas Descalzas y volver a la plaza Mayor por la antigua calle de Jesús, donde tuvo su casa Somoza, un tipo singular que defendía, entre otras causas peregrinas, ‘la transmigración sidérea de las almas’.
  José Somoza (1781-1852) fue uno de tantos personajes fascinantes que habitan nuestro siglo diecinueve, a quien Baroja bautizó como ‘el hereje de Piedrahíta’ y que dejó escritas unas magníficas memorias, en las que da testimonio del esplendor ilustrado de la villa, cuando en los veranos coincidían en el palacio ducal invitados de tanto lustre como los dramaturgos Moratín, García de la Huerta o Ramón de la Cruz, los poetas Meléndez Valdés o Quintana, y sobre todo Goya, que en los jardines del palacio pintó algunas de sus obras.
  EL BALCÓN DEL POETA
  Durante la francesada un incendio acabó con los lujos del palacio y luego las sucesivas reformas le han ido hurtando parte de su gracia arquitectónica. Primero, se falseó el vuelo de sus mansardas y chimeneas, achatando la planta de buhardilla. Ahora alberga el colegio de Piedrahíta y en su remate se sustituyó la pizarra por una chapa descolorida que recorren las escorreduras del herrín.
  Cerca del palacio y de camino hacia la sierra se encuentran las ruinas del convento de Santo Domingo, fundado también por los Alba. El espacio de la iglesia alberga un cementerio, ya clausurado, en el que reposan los primeros duques y también Somoza, apóstol de la cultura, filántropo, escritor y poeta. Ante su tumba, que mantenía cuidada un abnegado poeta de estas serranías, se congregó unos cuantos otoños un selecto grupo de intelectuales a echarle un responso laico. Acudían Lázaro Carreter, Gullón, Cano y Jiménez Lozano a leer las emocionantes páginas que Azorín dedicó al ilustrado de Piedrahíta.
  El regreso hacia la plaza Mayor se detiene ante la casa que habitara Gabriel y Galán, desde cuyo balcón veía el poeta el torreón del duque con su nido de cigüeñas. Semejante encuadre le inspiró unos versos titulados Los dos nidos, cuya primera estrofa concluye con esta desaliñada moralina: ‘¡Y parece mentira, pero enseña / muchas cosas un nido de cigüeña!’. Unos pabellones modernos se interponen entre el mirador del poeta y el torreón, que quizá por eso han abandonado también las cigüeñas. Ahora prefieren como atalaya para anidar los restos monásticos de Santo Domingo y, sobre todo, la torre de la iglesia, donde llega a contarse media docena.

La plaza de los mercaderes Median del Campo (Valladolid) La fiesta del chivo Valporquero (León)
La villa de oriente Ágreda (Soria) La muda del bosque Foncastín (Valladolid)
El castillo de la promesa Almenar (Soria) La cueva de Peñacorada Cistierna (León)
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