Castilla y León
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  AGROALIMENTACIÓN
 Esta industria palentina pretende usar la fama internacional de las tapas y los aperitivos españoles como punta de lanza para entrar –y «quedarse»– en el continente americano

  Cascajares aterriza en Canadá
 ALMUDENA ÁLVAREZ
 Cigarritos de huevos con chorizo, croquetas de jamón ibérico, pirulís de codorniz o miniaturas de pato con naranja darán ejemplo del buen yantar español en Canadá y Estados Unidos. Se trata del último reto que se ha planteado la empresa palentina Cascajares, dedicada, desde hace más de quince años, a la transformación y venta de productos...

  ... gastronómicos de alta calidad. El objetivo es que Canadá se convierta en el «trampolín» de entrada de los productos Cascajares en América del Norte, y llegar incluso a México, a Chile o a Brasil, explica el gerente, Alfonso Jiménez.
    Para ello Industrias Gastronómicas Cascajares ha trazado un ambicioso plan que soslaya los requisitos que imponen los aranceles de los mercados que se rigen por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta), y que impiden que los productos cárnicos de la península salten el charco. «Si no podemos llevarlos, la solución evidente es elaborarlos allí mismo », señala el empresario.
  Para ello, y dado que el Gobierno de Canadá, donde sobran terrenos, fomenta y facilita las inversiones extranjeras, Cascajares ha estrechado lazos y con una gama de productos que «enganchan» ha llegado a un acuerdo para que el país norteamericano le ceda una planta piloto en Saint-Hyacinthe, en la provincia de Québec, de donde saldrán suculentas tapas y aperitivos, eso sí, elaboradas bajo los cánones de la alta cocina española.
  El proyecto cuenta con una inversión de un millón y medio de euros, a gastar en tres años, y si todo va bien en enero ya se podrán producir y comercializar en Canadá las tapas españolas bajo el sello de Cascajares.
  Pero el enfoque exportador de la empresa no se queda ahí y Alfonso Jiménez se plantea, no solo llegar a otros mercados como el estadounidense o el chileno, sino introducir también otros productos de Castilla y León en el continente americano.
  Hasta llegar aquí, que parece fácil, han pasado más de quince años de esfuerzos, ilusiones y trabajo. Y la tarea que hoy Jiménez hace a bordo de aviones transoceánicos la hizo en otro tiempo subido a su 2CV, con el que se recorrió la piel de toro ofreciendo restaurante a restaurante su recién concebido capón Cascajares, un producto «muy bueno» pero que no conocía nadie.
   Por aquel entonces Alfonso Jiménez contaba con 160.000 pesetas, un socio, Francisco Iglesias, y el convencimiento de que la cría y venta de capones era un negocio seguro. Y lo sabía muy bien porque antes, con tan solo 18 años, había

 Alfonso Jiménez, gerente de Cascajares, posa con su producto estrella, el capón relleno.
 Para Navidad...
  ...capón sin gluten.
 Industrias Gastronómicas Cascajares prepara ya los capones rellenos para la campaña de Navidad, que este año se elaborarán sin gluten, para que también las personas celíacas puedan saborearlos. Y es que tras el éxito de ventas que en años anteriores ha tenido el capón de Cascajares, (en 2007 se agotaron los 18.000 capones rellenos previstos para la campaña de Navidad en España, Francia, Italia y Alemania), a esta empresa palentina solo le faltaba adaptar su producto al consumidor celíaco.
  Teniendo en cuenta que el 7% de la población española es celíaca y que son precisamente las fechas navideñas cuando se reúne toda la familia en torno a una mesa, el capón relleno ofrece la posibilidad de un único menú para toda la familia, «sin excepciones», señala Jiménez.
  Dicho y hecho, el día uno de diciembre a todos los capones rellenos que aparezcan en el mercado (prevén más de 20.000) les faltará un elemento: el gluten, sin que varíe ni su sabor ni su precio que se mantiene en 98 euros por una docena de raciones.
comprobado que la profesión de «capador de gallos» no sumaba en las listas del paro.
  De ofrecer los gallos vivitos y coleando en cada restaurante, a despiezarlos y confitarlos solo hubo un paso, tras conocer, de primera mano, las necesidades de los cocineros y crear la demanda de un producto que todavía no existía.
  Solo faltaba un lugar donde elaborarlo. Y así se creó Cascajares, que tomó prestada una fábrica de la Fundación San Cebrián en el polígono industrial de Villamuriel de Cerrato (Palencia), y el nombre de un pueblo de Burgos, Cascajares de la Sierra (que se conoció en un tiempo como el pueblo de los cocineros), para iniciar su andadura.
  Al principio se confitaban muslos y pechugas de gallo o de capón y con el tiempo, y atendiendo a las necesidades de los restauradores, Cascajares fue introduciendo otros productos gastronómicos de gama alta y posicionándose en el mercado de las delicatessen.
  Pero en toda historia hay un antes y un después, y la de Cascajares está unida a otro feliz acontecimiento: la boda de los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Leticia, que allá por el 2004 decidieron invitar a capones para celebrar el real enlace y dar, sin querer, el campanazo que los de Palencia necesitaban. Después solo hubo que inventar un plato y venderlo por toda España con el plus que confiere que antes lo hayan saboreado príncipes y princesas (en todos los sitios menos en el País Vasco y Cataluña, claro está). Y así nació el capón de Cascajares relleno de frutos rojos y piñones que, con el precedente real, piden muchas madres para el menú de boda de sus hijas.
  El negocio fue creciendo y la fábrica de Villamuriel se iba quedando pequeña en la medida en que la gama de productos iba aumentando hasta llegar a los 90 que hoy se distribuyen por casi toda Europa y Japón. La empresa se asienta hoy en 3.200 metros cuadrados de suelo de otro polígono industrial, el de Dueñas, en Palencia y ya se está ampliando en otros 2.000 metros para responder a las necesidades crecientes de este negocio.
  Unas instalaciones en las que cada año entran 40.000 capones, criados (siguiendo la dieta que manda Cascajares) en granjas de las provincias de Palencia, Burgos y León, y salen convertidos en los más suculentos platos, confitados, enlatados o ultracongelados.
  Solomillos de buey o de cerdo, carrilleras de ciervo y cordero, jamoncitos de gallo, muslos de pintada, jarretes de cordero o pulardas rellenas comparten con el capón los menús que oferta Cascajares y que salen cada día de la fábrica palentina en la que toda la cadena de elaboración se hace a mano y solo se mecanizan procesos como el envasado o el etiquetado.
  35 trabajadores, el 20% de ellos con alguna discapacidad, elaboran conservas y semiconservas cárnicas, productos frescos envasados al vacío y productos ultracongelados. Son parte de una plantilla de 50 personas que forman un negocio que ha facturado en 2007, seis millones de euros, una cantidad que prevén superar este año, a pesar de la crisis y a falta de cerrar números con la campaña de Navidad, en la que ofrecen su producto estrella, el capón relleno.
  Y todo es posible con un equipo humano joven y emprendedor, un producto de gama media alta y mucha ilusión, apoyados sobre dos pilares: «calidad y buen hacer para crecer siendo fieles a nuestros orígenes », concluye Jiménez.
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