| Para que los cerros
se conviertan en montañas deben superar los mil metros. Los alrededores
de Cabezón de Pisuerga no llegan a ese límite por muy poco. Pensando
en los novecientos que rondan y, quizá, a modo de venganza, los vecinos
no usan ni un nombre ni otro. Para ellos el enorme montículo extendido
responde al nombre de, sencillamente, El Castillo. Un castillo que
el caminante puede asaltar pacíficamente por medio de la Senda de
Los Cortados, que besa en dos ocasiones el agua del río Pisuerga. |
Las troneras de
ventilación que tienen las bodegas cabezoneras otorgan a esta zona
del pueblo una fisonomía inquietante. No deja de ser una particuliaridad
habitual en las civilizaciones del vino,…
… pero una mirada alejada del origen acerca la estampa
de túneles por los que caen escaleras como trenzas melibeas al modo
de una gruta sospechada pero no reconocida. Para rematar la sensación,
algunas entradas están abiertas, dejando impedido el acceso tan
sólo por una puerta con barrotes. La oscuridad sube en contraste
con la luz del día en el cerro de Altamira.
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Este cerro contiene unas excavaciones alejadas
de la sangre de Cristo: se trata de las casas cueva. Esta prueba
etnográfica sitúa claramente el origen de la vivienda para sociedades
con rasgos primitivos. Estos parajes son en los que se sitúa el
arranque de la ruta. El itinerario se extiende durante, aproximadamente,
ocho kilómetros a través de los que se apreciarán dos formas clásicas
de extensión castellana: el páramo y los valles. Como la zona de
partida es alta, supera los setecientos metros, no ascenderemos
mucho y el terreno no presentará dificultades reseñables. Pero la
misma altura permitirá paisajes de la zona con abundante perspectiva.
ROTUNDIDAD MONÁSTICA
El cerro de Altamira se abandona por el páramo de Valdecastro,
de ochocientos cincuenta metros. En este lugar hay pinos plantados
en la década de los cincuenta del siglo pasado. Su dispersión permite
andar entre ellos sin problema. Desde el páramo llaman la atención
los meandros que el Pisuerga parece tejer para nuestra vista. El
río parte en dos la localidad de inicio.
Al lado, el monasterio dedicado a Santa María de Palazuelos.
Éste edificio rotundo queda perfectamente identificable una vez
cumplida la mitad del recorrido. Desviándonos, podemos llegar sin
dificultad a él. Merece la pena considerar su suntuosidad de cerca,
aunque tiene cerrado el paso. Se clausuró hace unos años, cuando,
al restaurar el techo, dejaron piedras caídas en el interior. El
monasterio, próximo al municipio de Corcos de Aguilarejo, es una
obra cisterciense del siglo XIII adjudicable a Juan de Nates, maestro
cantero cántabro. En el siglo XVI acogió una ligera remodelación.
Otro monumento llamativo es el puente medieval de Cabezón.
Sobre él cabe señalar la disparidad arquitectónica. De los nueve
ojos que tiene, cinco son de medio punto sobre pilares poligonales
y cuatro, de perfil ojival sobre pilares redondos. Aunque sus cimientos
se principian en la Edad Media hubo otros anteriores en la época
romana y a ésta hay que atribuir la ubicación y el origen. Asimismo
hubo reformas en el Dieciséis.
Pero, antes de sentirlo contiguo habrá que subir a La
Peña y enfrentarnos, así, a Los Cortados, que unen cielo y tierra
vallisoletanos. Es el momento en que el recorrido toma la vuelta
del camino circular. El páramo de Bárcena nos conduce al Valle del
Pisuerga a bordo de unos terrenos agrarios. En este puesto los cortados
sacan nuevamente pecho. Son estratos de variado material machacados
durante siglos por el frío y la humedad. Queda una última ascensión
por un pinar que nos deja conducidos hacia Cabezón. Usamos la parte
inicial de la pista de Altamira para llegar a la zona de bodegas.
El pueblo donde nace y muere la senda es un rico paraje
natural. Cerca pasa el Canal de Castilla y dentro mora una iglesia
de la primera mitad del Dieciséis de una sola nave. Es Santa María
de la Asunción. Tiene un crucero de Juan de Nates y un órgano barroco
de caja policromada que descansa en el coro.
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