 |
| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO
La Posada comienza hoy el Camino de Santiago.
El primer paso es este reportaje sobre uno de los símbolos más célebres
de la ruta, la cruz de Ferro. Y cada semana le seguirá uno nuevo,
porque hoy arranca una nueva serie sobre este itinerario cultural,
religioso y turístico. Con motivo de la celebración del año jacobeo
2010, se estrena este ciclo bautizado como ‘Hito a hito’, que durante
los próximos meses recorrerá los principales símbolos, ya sean monumentos
arquitectónicos, naturales o espirituales de la ruta que conduce
a Santiago |
Señales
del Camino: la cruz de Ferro
LUIS GRAU LOBO
El Camino de Santiago se reconoce como tal porque así
aparece señalizado, si vamos a lo práctico. Y conocer esas señales
y las derivas y destrezas de su ruta es cosa que al peregrino, una
vez que comienza a... |

Unos peregrinos depositan guijarros
a los pies de la cruz de Ferro. Acaban de conquistar el Monte Irago. |
...andar,
le importa más que lo espiritual, lo cultural o cualquiera otra
consideración previa. Cuando el viajero a pie o en caballería (caballería
a pedal inclusive) ha perdido de vista una población, un monumento
o cualquier otra referencia, cuando sólo la senda guía ya sus pasos,
la diferencia entre orientarse y extraviarse (lo cual no es necesariamente
malo, pero sí es esforzado) puede estar en un hito de piedra medio
enterrado en una encrucijada, en una señal metálica de carretera
a punto de caer, o en una humilde y desgastada marca de pintura
amarilla sobre la corteza de un árbol.
Son estas mellas y suturas del Camino las que lo hacen
encarnarse, tomar cuerpo real frente al horizonte o la espesura,
las que nos permiten reconocerlo en la zozobra de la extenuación,
el crepúsculo, la bruma o el desaliento.
Y entre todas las señales, signos, cicatrices y mojones
que pautan el Camino a lo largo de sus leguas y sus siglos, que
se superponen y añaden en una rica estratigrafía de simbolismos,
hay una que supera a todas, por su forma, su emplazamiento, su significado,
su vigor: la cruz de ferro. Si existe un lugar en el Camino de Santiago
que merece el calificativo de monumento, en el sentido cultural,
no físico y ni siquiera histórico del término, ese esta sencilla
cruz de hierro alzada sobre un fuste de madera en el vértice de
nuestro trayecto.
|
El caminante
que asciende al monte Irago, pasada la antaño desoladora ruina de
Foncebadón (León) que hoy se recupera al calor del turismo rural en
la propia ruta jacobea, se enfrenta a una de las experiencias más
agotadoras y fértiles de su viaje. De la crudeza de esta subida serpenteante
por los montes leoneses da testimonio el miramiento que esta ruta
creaba entre algunos peregrinos. Así, el monje servita alemán Hermann
Künig a finales del siglo XV, recomendaba desviarse por el trazado
más llevadero que ahora sigue la Nacional VI. Para quien, sin embargo,
siga la vía canónica que dejase asentada Picaud en la Guía del siglo
XII, la recompensa será el desamparo evocador de sus paisajes y el
júbilo impagable de la llegada a esta cima. LLEGADA
A LA CIMA Allí nos aguarda (aunque en realidad
lo vislumbremos antes) la elocuencia sencilla de un montón de guijarros
perforados por un endeble mástil discretamente cristianizado, bisectriz
de dos regiones, Somoza y Bierzo, y eje de simetría de nuestros pasos.
Hemos llegado a la cima del mons mercurii, señal inequívocamente ambigua
de un término y una alternativa, hincón del cruce de los caminos entre
un horizonte combado y la línea del cielo. El peregrino
debe, inexcusablemente, detenerse, y si procede, contribuir a la manifestación
de la señal arrojando una piedra, depositando un objeto personal,
un exvoto, una plegaria, una petición, dejándose a sí donde otros
lo hicieron antes. Si lo hace, el romero rememora
con su gesto una honda costumbre cuya primera concreción escrita se
remonta a la época romana. Los dioses lares o penates de la Antigüedad
habían extendido y sincretizado su culto hacia numerosas prácticas
indígenas que, en este caso, confluían con una de las principales
preocupaciones del Imperio: el buen mantenimiento de su sistema viario
de comunicación. Así, los lares viales requerían ofrendas que eran
asimiladas al dios Mercurio, patrón de las artes, del comercio y del
control de los caminos. En el caso de estos últimos,
varios amontonamientos de piedras jalonaban las vías, como aún hoy
lo hacen en torno al camino, de hito en hito (son los milladoiros),
encarnando una señal que indicaba los puntos conflictivos y difíciles
de la ruta y, de igual manera, expulsaba a los demonios maléficos
agazapados en las encrucijadas o a la vista de algún monte sagrado,
tal y como criticaba san Martín de Dumio en el siglo IV d.C.: «homines
transeuntes iactatis lapidibus acervos petrarum pro sacrificio redunt2
(De correctione rusticorum, VII, 17). Una práctica que, por otra parte,
se constata en otros ambientes, lejanos en el espacio o en el tiempo,
y se dedica a apaciguar la memoria y al descanso de los muertos.
Como vemos, el monumento, como todos, enraíza en un pasado
tan preciso como facetado, pero a diferencia de otros hitos históricos,
éste nos permite participar en su construcción, manifestarnos en su
renovación: nos visita al tiempo que nosotros a él. Sigue latiendo
lejos de su arqueologización o su rehabilitación, sus mayores peligros.
Para el caminante, el auténtico monumento es el montón
de piedras, el auténtico monumento se traduce y encarna en la costumbre
mantenida por quienes han alcanzado una cima y un tránsito. Y sus
cimientos tienen la hondura inalcanzable de una conquista repetida
durante siglos. |
|
|
|