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 EL CAMINO DE SANTIAGO

 HITO A HITO
 Aunque las cosas han cambiado mucho mucho, aún hay gente que no aprecia los árboles, que no disculpa su existencia longeva y airosa si no da frutos comestibles en pago de su arraigo en una tierra que creemos nuestra y a nuestro servicio. Pero bien sabe el peregrino, ave de paso pero conocedor de países diversos, lo que importan los árboles. Y lo que importa su falta.

 Árboles en el Camino
  LUIS GRAU LOBO
  Desde la dulce y verde Francia, de las riberas frondosas y amables que orlan el camino en Navarra o lo harán en Galicia, el camino francés se torna feroz en las parameras inagotables de Castilla y de León, en los horizontes...


 Los árboles constituyen una imagen simbólica y religiosa común a muchos cultos y culturas y la peregrinación ha sacralizado a algunos de estos árboles y sus aliados: puentes, señales, hospitalidad, reliquias.

  ... sin esperanza ni redención de las tierras tendidas en el extendido centro de la meseta, allí donde el aire y el sol hostigan a sus anchas, donde el viajero es huérfano de una sombra y un abrigo, de un intermediario entre la dureza del suelo y la soberbia del cielo, añorante de un cómplice que se alce, como lo hace él, en una vertical inédita.
  Siempre ha sido así, y todos los peregrinos que han dejado testimonio escrito de su paso se hacen cruces recordando la polvorienta, sofocadora y extenuante experiencia de atravesar ese territorio sin mesura. Y aunque hoy día las administraciones se empeñan en desperdigar plantones y arbolitos por doquier, a veces tristes palitroques necesitados de cuidado, de tiempo y de una oportunidad que otras obras les suelen negar poco después, la experiencia no es muy distinta a la que padecen los caminantes desde hace más o menos mil años.
  Además, es bien sabido que los árboles constituyen una imagen simbólica y religiosa común a muchos cultos y culturas, y su apostura erguida pero enraizada personifica, al fin, los tres mundos en que

las creencias tradicionales dividen el cosmos, conectados gracias a su estructura: copa, tronco y raíces son cielo, tierra e infierno. Y también el ciclo de vida arbóreo es un reflejo visible del ciclo de la vida en sus distintos aspectos a lo largo del año; sea por aquellos de carácter perenne (de ahí el empleo de este tipo de especies en los cementerios, los «espirituales» cipreses en especial), sea por los que renacen a la vida tras el invierno, los de hoja caduca, ofreciendo sus flores y frutos casi milagrosamente tras él. Son, por tanto, el signo de la presencia de algo más allá de lo cotidiano, una divinidad sea cual sea, que ofrece este hito a nuestra contemplación como una indicación del camino que realmente cuenta, el que asciende hasta el conocimiento, hacia el lugar reservado a quienes saben interpretar su sentido.
  Por todo lo dicho, nada tiene de extraño que la peregrinación haya sacralizado a alguno de estos árboles, como lo ha hecho con sus otros ‘aliados’, los puentes, las señales, la hospitalidad, las reliquias... Y así, la leyenda del establecimiento mítico del Camino nos cuenta que fue el propio Carlomagno quien tuvo que llegar a la Península para franquear la ruta que conducía hasta los restos del Apóstol. No podía haber otro campeón de la ruta de peregrinación que el Emperador para trayecto tan europeo. De esta manera lo afirman resuelta y pomposamente los textos propagandistas del Camino siglos después, en especial Picaud y el Liber Sancti Iacobi en pleno siglo XII, cénit jacobeo, cuando justificaban la importancia de la vía francígena y de la sede compostelana a ojos de media Europa.
  Carlos el Magno, según tales relatos, habría librado batallas en las lindes de la ruta para escudarlo del Islam, para engarzarlo con las tierras del otro lado de los Pirineos. En una de estas contiendas, la más cantada por los trovadores, su lugarteniente y sobrino Roldán falleció al pie de esas montañas, en Roncesvalles. Pero otra, no menos bella, aconteció en las riberas del Cea, junto a Sahagún, en tierras que más tarde serían punta de lanza de la reforma cluniacense. Esa legendaria batalla tuvo lugar entre el Emperador y el rey moro Aigolando, con resultado previsible. Pero nos interesa al caso su preludio y el significado que podemos ver en él. La noche anterior, los soldados acampados habían clavado sus lanzas en el suelo, junto a sus tiendas, y fue entonces, durante el período oscuro de la jornada, cuando tuvo lugar el prodigio. Y sucedió que aquellas picas de quienes estaban destinados a morir en el combate, enraizaron y florecieron, como un mudo aviso de su destino: permanecer en esa misma tierra.
  Es fama que aquellas armas se transformaron con el tiempo en las arboledas de la ribera que orla el cauce del río Cea a su paso por Sahagún, que son las pértigas que significan aquel martirio, el precio que pagaron al Camino quienes lo abrieron. Para el peregrino de hoy, y para el de antaño, estos árboles son ocasión para honrar esa memoria y para el refugio y refrigerio, para reconocer que abrir camino también se hace hacia arriba, hacia la directriz que depura su horizonte.
 
El horizonte del peregrino
Palabras para el Camino
Final de un camino sin fin
Archivo Camino Santiago
       
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