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  TURISMO RURAL / LA RUTA  
 SEGOVIA / Riaza  

 Las plazas mayores de los pueblos con arena pertenecen a otros tiempos. Lo más cerca que estamos de ellas son las ferias medievales que algunas localidades celebran para recrear épocas lejanas, cuando en los mercados se exponían vestidos, melenas, juegos malabares, pañuelos en la cabeza, taraceas, mieles y esencias ambulantes. En este caso la arena no la pone ninguna feria. Está los doce meses del año y más que a una plaza al uso, debido a su tono descaradamente circular, se asemeja a una plaza de toros.

 Circunferencia del rectángulo

 FERNANDO DEL VAL

 En el centro estaba la picota. En ella se ponía a los ajusticiados. Riaza tuvo jurisdicción de horca y cuchillo hasta que las Cortes de Cádiz impusieron cordura legislativa y tempranera separación de poderes. Al principio…
  ... fue la sangre. Los instintos se domestican con el paso, siempre lento, del tiempo. Lo que no admite humores es la geometría. Su estudio de las medidas proporciona la mejor ubicación de las figuras en el espacio.
  La cuadratura del círculo es una cédula de corso para los arquitectos de las posibilidades. Se puede conseguir, pero, aquí, al revés, la típica plaza cuadrada o rectangular se ha abierto hasta hacerse glorieta. La plaza de Riaza es un sol del que salen las calles como si fueran rayos. Ella ilumina la existencia completa del concejo. La elipse del coso nació allá por 1873 y, desde entonces, supone el centro vital de la aldea para nativos y oriundos. Dentro hay novilladas durante la Semana Grande en septiembre, mercado los lunes y los viernes de fruta o esporádicas metas para eventos deportivos.

    En el parque de El Rasero, las cruces diseminadas están clavadas como estacas en una soñada espalda de vampiro.
  Tres cuartas partes de la explanada están cubiertas por escaleras y barandales a modo de gradilla o barrera desde la que ver los toros. La mayoría de las fachadas datan del siglo Dieciocho, cuando los soportales se concebían como refugio para el sin techo o para el que, paseando, se viera sorprendido por la lluvia. La Casa Consistorial rompe la dinámica de este cobertizo alargado


  Guia  

 CÓMO LLEGAR
 Riaza está al noreste de Segovia, saliendo por la Avenida de la Vía Roma. A continuación, por la Carretera Nacional 110, se atraviesa Torrecaballeros, Collado Hermoso y Matabuena. A la altura de Villarejo, se cambia a la A-1. En seguida se retorna a la nacional. Después de haber recorrido 74 kilómetros, estamos en nuestro destino.
 DÓNDE COMER
 En Riaza: Casa Pastor, en la calle Iglesia (921 550 283). Matimore, en la Plaza Mayor 7 (921 550 076). La Casona, en la calle Iglesia 5 (921 551 082). El Fogón, en la calle Ricardo Provencio 6 (921 551 018).
 TURISMO RURAL
 En Riaza: Feber, en la calle de la Iglesia 16 (660 185 712). En Cerezo de Abajo: La Reguera, en la calle Amapolas 3 (605 341 736). En Fresno de Cantespino: La cochera de don Paco, en la calle Los Huertos sin número (606 457 193).


Fachada del Ayuntamiento.

y sostenido en columnas de madera y piedra, detrás de las cuales, igualmente, se ponía el material durante las jornadas de mercado. El campanario en hierro forjado late al ritmo de un reloj comprado en Madrid en el año 1895.
  Un paseo por las calles de Riaza demuestra que sus casas responden a una construcción muy exacta y repetitiva. Normalmente de dos plantas, de cal o barro y adornadas con madera, disponen de un zaguán en la planta baja originariamente destinado a la actividad concreta que se desarrollaba en cada casa –zapatería, panadería, etcétera-. Desde fuera se podía acceder casi directamente al patio, donde abundaban los animales. Tampoco faltaban las casas con escalón para impedir la entrada de la humedad. Estamos hablando mucho del pasado, pero el lugar está claramente proyectado al futuro. Su evolución demográfica es sorprendente: lleva una década creciendo año a año.
  Estamos en el valle de Riaza, al nordeste de la provincia. Las montañas que cubren la espalda de la Plaza Mayor se ven mejor desde un atractivo parque llamado El Rasero que es, en sí mismo, una llanura. Los columpios por los que parean los niños se mezclan con algunas intersecciones del Vía Cruces. Por el césped las cruces diseminadas están clavadas como estacas en una soñada espalda de vampiro. El pecho se deja para los demasiado valientes. Y para las féminas escotadas que sacan agua infinita de los botijos, como la de la cercana fuente ornamental, pegadita en medio de una rotonda.
  Destaca la ermita de San Roque, levantada con motivo de una epidemia de peste en 1599. Su planta cuadrangular parece apoyada en unas muletas. Hace casi treinta años fue restaurada y aumentada en un porche que cobija la entrada principal. El interior, lacado por el blanco y alumbrado por unas lámparas que parecen compradas antes de ayer, choca con el austero y pobre exterior. En el Altar Mayor, Cosme y Damián alzan su mano izquierda. Parece que levantan la mano en mitad de clase. El retablo es barroco vegetal.
  La iglesia Nuestra Señora del Manto, del último cuarto del siglo Quince, como es habitual en las construcciones de la época de los Reyes Católicos, tiene la orientación hacia el Este y la entrada, dispuesta al sur.
  Arriba, en la torre hay una colección de arte sacro. Las piezas –góticas, renacentistas y barrocas- están distribuidas en dos salas. Abajo, en la planta cero, un sobresale un conjunto policromado de La Piedad. Se presenta como único, pero no se atreve a adjudicar la autoría, para la que han llegado a señalar a Juan de Juni y Gregorio Fernández, aunque sin demasiado convencimiento. En todo caso, sus características son de finales del Dieciséis. La caída de Jesucristo se comprueba poco creíble, con los brazos en ángulo recto en vez de en vertical, y el rostro de Ella, la Virgen, no representa el sufrimiento que cabría atribuirla, sino paz y belleza. Todo ello acerca la pieza al manierismo.
 LÍMITES INEXISTENTES.
 Riaza limita al sur con Cerezo de Arriba y al norte con Fresno de Cantespino, pero, sabemos por Foucault, que los límites no existirían si no pudieran ser transgredidos. Esto es así y es bueno porque, a tan sólo nueve kilómetros llegamos al primer pueblo y, a doce, al segundo.
  Las comunidades llamadas De Villa y Tierra fueron una organización administrativa de las tierras conquistadas durante los siglos Once y Doce por el Reino de Castilla. Cerezo, enclavado en la misma sierra de Ayllón que Riaza, perteneció a ellas. Tiene una iglesia con un curioso ábside de medio tambor que recuerda a un depósito de aguas o a un almacén de recuerdos. El hecho de que en Fresno de Cantespino presuman del apogeo vivido en la Edad Media indica el tamaño del presente que poseen. Los dos nombres propios merecen una visita dentro de esos márgenes rurales que resisten clavados en la demografía como un ciclista subiendo una montaña del tour.

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