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  TURISMO RURAL / LA RUTA  
  PALENCIA / La senda de los lobos  
  El aullido es una representación teatral de los instintos animales, entre los que, se supone, en la cúspide del grado evolutivo, está el ser humano. El aire aturdido hiela las mejillas del mamífero salvaje y el hocico de las personas. El murmullo de la niebla suspira ante la ausencia. En realidad todo vapor es un beso de la naturaleza que mezcla humedad e ignición. El aullido termina siendo un montaje de marionetas para adultos y la voz corsaria con las que el lobo expresa sus impaciencias. Él no necesita sendas señalizadas para cruzar los páramos, las necesita el hombre. Lo mismo, después de ser perseguido, en vez de en la trampa, el lobo cae en la cuenta de que una huida a tiempo también es una derrota.
 El precipicio como salvación
 FERNANDO DEL VAL

 La salvación puede estar en el cambio y en el movimiento. Dicen que nada permanece salvo este segundo. La contradicción es de una lógica impugnable, pero indiscutible al mismo tiempo. Un mirador puede servir para explayar la vista…
  … o para cortarla con filo de acero. Para clausurar, como un postigo en la ventana, el paisaje. Para mirar atentamente la ausencia de visión. La senda de los lobos es un trayecto famoso porque, debido a su relieve y situación geográfica, los días de niebla oculta lo que muestra. También lo es, por supuesto, por el horizonte extendido que habilita cuando el tiempo soleado permite la descodificación, pero eso es demasiado obvio.
  En esta ocasión estamos hablando de la niebla, esa cortina de humo imposible de penetrar ni con la linterna más potente y de cuya inquietud se puede disfrutar gracias a la distorsión de las apreciaciones que produce. Los lobos son unos vertebrados perspicaces. Si hay animales, felinos y alados, que pueden ver en la oscuridad, la niebla se convierte para ellos en pan comido, en un pasatiempo, en un escondite al que les gusta jugar con personas o reses torparronas.

  Mirar desde el puesto habilitado en la cumbre del Callejo un día de niebla supone vendarse los ojos, tenerlo todo al alcance y no verlo. También se puede interpretar como un lienzo de Arco, con su blanco turbio y su barandilla longitudinal. Toca sentir, respirar, intuir, premeditar. Ello, con la consciencia plena, casi científica, de que un precipicio está abierto ante nosotros. La parafernalia montada para ver lo imperceptible, lo recóndito, es kafkiana e irónica. En realidad, el mirador está enfocado a nuestra limitada existencia y el precipicio es el destino que espera a todo bicho viviente. Se ve la primera línea de los cortados, pero no la segunda. Das un paso, pero no tienes asegurado el segundo.
  
LA CEGUERA ES BLANCA
  La ceguera no es oscura. Si atendemos a la buena literatura, es más bien un flashazo blanco. Una luminosidad extrema y cegadora que se ríe de la restringida pupila humana. José Saramago definió el mal que aquejaba a los personajes de su Ensayo sobre la ceguera como «un mar de leche». La ceguera sería, de tal modo, una espesa y epidémica luz blanca. La misma que aquí no te deja ver. Hay quienes se acercan para contemplar este fenómeno, despreciando el rumbo exacto de los pasos. Un kilómetro antes no había bruma. Se concentra toda en el punto que debe: el balcón. Como consecuencia, el pozo que titula la ruta es una visita que pasa a segundo plano. No importa no encontrarlo. Lo importante es sentirse abrazado por la calina. Las señales más perceptibles son los hitos, pero hay que tener cuidado porque un sendero cercano, que lleva a otro que no nos interesa, también los contiene. Los días de visibilidad no hay problema. Hay que dejar reseñado que, a mano derecha, según miramos la terraza, nace la senda que, sin condiciones adversas, dibujará los pasos balizados que hay que seguir. Dar con el pozo deja de ser jugar a la gallinita ciega. En el paraje, salpicado de hayas, también hay corzos pastando y buitres leonados que aprovechan las corrientes de aire que los cortados forman.

GUIA  

 CÓMO LLEGAR
 Se accede por carretera desde Revilla de Pomar, a 105 kilómetros de Palencia (por la N-611) y a 78 kilómetros de Burgos (por la N-627).
 PUNTO DE PARTIDA
 El mirador, situado en el norte del páramo de Covalagua y, también, llamado Valcabado. Se trata de ir en paralelo al barranco, siguiendo las indicaciones, hasta llegar al agujero, que evoca aquellas trampas permanentes que disponían los cazadores antiguos.

La parafernalia montada para ver lo imperceptible, lo recóndito, es kafkiana e irónica.

 DURACIÓN
 En apenas una hora se viene y va del mirador al pozo. En total, son tres mil metros de largo.
 PRECAUCIÓN
 No tiene dificultad ni peligro. Pero un poste advierte del riesgo existente los días de niebla.

     

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