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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO BURGOS / Castrojeriz
Aunque suene contradictorio, el Camino de Santiago
es un espacio fuertemente urbanizado, en comparación con
la vasta soledad que lo rodeaba durante su esplendor medieval. Antiguos
asentamientos venidos a más o núcleos más nuevos conforman un rosario
de poblaciones a las que la ruta jacobea da sentido y razón de ser.
Una de ellas es Castojeriz, castro celibérico luego romanizado,
altozano fortificado que álgún papel hubo de cumplir en las primeras
escaramuzas con el Islam. El Camino lo convirtió en una larga calle
principal escoltada por casas en los márgenes |
Castrojeriz y
el espinazo del Camino
LUIS GRAU LOBO
Sólo a partir de
Castilla y León el
Camino se orienta.
Sólo desde que
abandonamos los feraces y
amenos parajes europeos,
prolongados de cierta
manera en las tierras
pirenaicas, navarras o... |

Un peregrino atraviesa el campo a su
paso por el municipio burgalés de Castrojeriz. |
...aragonesas,
y las riojanas, y nos instalamos en las sobrias parameras o en los
valles anchurosos de Castilla y de León el Camino se dirige franca
y decididamente hacia el Oeste. Lo ha hecho hasta el momento en
dirección al mediodía, desde las rutas europeas, francesas, y al
inicio del camino peninsular, pero será en Castilla y luego en León
donde adquiera la directriz que lo involucra con la trayectoria
del sol, que hace al peregrino émulo del tránsito del astro que
le baña con su inmisericorde o regalada luz, buscando, ahora más
simbólicamente, la tierra donde se acaba el mundo, la tierra donde
la luz muere al fin, el finis terrae.
Es verdad que esta orientación primordial y solar estaba
ya en el camino del norte, el que discurre paralelo a la costa,
pero allí se diluye su percepción por efecto de la orografía y el
clima. Y es aquí, en los horizontes límpidos y netos de la Meseta,
tan sólo
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atravesados por el verdor ocasional de valles tendidos
y discretos, en la senda categóricamente trazada del Camino francés,
donde los pasos del peregrino parecen acomodarse al ritmo solemne
y exacto de la luz y de la naturaleza, a una suerte de sentido cósmico
de su viaje.
Casi todo lo que encuentra a su paso, además, tiene
una orientación, un discurrir emanado de los puntos cardinales que
ordena el astro diurno. Los templos, los puertos, los puentes, pues
hasta los ríos se cruzan de norte a sur... e incluso sucede así
con las villas y ciudades por donde se encarna la espina dorsal
que es el Camino, el eje que vertebra la traza de calles y plazas.
Porque la ruta hacia Santiago es, aunque parezca contradictorio,
un espacio fuertemente urbanizado, en comparación con las vastas
soledades que lo circundaban durante su época de esplendor medieval.
Un espacio seguro respecto a las extensiones incultas o boscosas
pobladas de alimañas y celadas, un espacio atractivo, lleno de oportunidades
y vitalidad, para los muchos peregrinos que no volvieron, se quedaron
a vivir en él, en sus ciudades.
Muchas de estas villas y burgos favorecidas por los
reyes para afianzar la población foránea en sus nuevas tierras fueron
regeneraciones de ruinosos y abandonados asentamientos romanos,
como León, como Astorga, o, incluso más antiguos aún. En ellos,
al viejo diseño ortogonal, regularizado, que el poder centralizado
de Roma había impuesto a sus urbes, se superponía ahora la bullente
y tortuosa traza de las huertas y caserío del medievo. Pero entre
todos esos zigzagueos se reservaba espacio para una ruta que debía
enfilar derecha y sin vacilaciones, la que conducía a Santiago,
como si el brocado vetusto de las callejas dejara paso a un tajo
nuevo, fresco, definitivo, que emanaba del cruce entre una ciudad
y una calzada. Otra buena parte de los núcleos que se incuban en
la ruta son nuevos. Distintos privilegios y concesiones forales
dan lugar a un camino que puede entenderse como el hilo que ensarta
un rosario de poblaciones a las que da sentido y razón de ser. Han
nacido por y para el Camino y su topografía a menudo lo denuncia
sin pudor. Arracimadas en torno a un santuario de reliquias o monástico,
embocadas hacia un puente, enfiladas a un hospital, su plano siempre
tiene a la traza del Camino como espinazo vertebrador.
Entre los muchos ejemplos que podríamos convocar, Castrojeriz.
Caso paradigmático de un antiguo castro celtibérico luego romanizado,
un altozano fortificado que algún papel hubo de cumplir en las primeras
escaramuzas con el Islam (el castrum Sigerici), aquellas que habían
de dar carta de naturaleza a Castilla, el Camino hizo de este lugar
algo muy distinto. Lo convirtió en una larga calle principal, orientada
por este Camino, con más de un kilómetro de longitud, y resultado
de añadir casas a los márgenes de la senda peregrina, una vía que
se arquea bordeando la ladera del cerro que domina la llanada y
ampara al fin el caserío. Un urbanismo que repiten muchas poblaciones
de vereda, cuyas casas ofrecen una fachada, en ocasiones henchida
de presunción y piedra, a la vista del que pasa y un corral a la
trasera, calles secundarias que corren paralelas a ésta y otras
callejas menores que las entrecruzan y comunican a su través, un
buen número de iglesias, aquí la colegiata de Santa María del Manzano,
San Juan y Santo Domingo, algunos hospitales, que hasta en número
de siete llegó a contar esta villa en el siglo XIX… En fin, un pequeño
universo al servicio de una ruta que llega de lejos y lejos ha de
morir pero que se permite dictar la forma que ha de tener una población
atravesada de parte a parte por ella, configurada y marcada a su
merced como el tejido que revela su origen por el dibujo que lo
identifica. |
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