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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO FRÓMISTA / San Martín
Si el Románico es honradez volumétrica, raciocinio constructivo
y subordinación ornamental al efecto global, la
iglesia de San Martín de Frómista es el paradigma de este
arte, cuyo lenguaje fue el primero de la arquitectura occidental.
Situado en la privilegiada provincia palentina, el
templo ejemplifica la pureza de un estilo en cuya conformación
definitiva tuvo mucho que ver el movimiento del flujo de la ruta jacobea,
pues ambos (Camino y Románico) participaron en el mismo empeño por recuperar
los legados de Roma por recomponer una unidad ahora en lo diverso |
La perfección
soñada
LUIS GRAU LOBO
Con los europeos, el
Camino de Santiago
también trajo lo
europeo, que en estos
tiempos era, en el terreno
del arte, el Románico. Más
allá de las experiencias
regionales, tan originales
como en ocasiones... |

Peregrinos y visitantes cruzan cada día por el triple ábside escalonado de la iglesia de San Martín de Frómista. |
... exóticas, de las artes prerrománicas,
aisladas en su propia pluralidad,
el Románico propone por primera
vez desde el final de Roma un
único estilo artístico para todo el
continente, un mismo lenguaje
desde el que alcanzar la plenitud
de la Edad Media.
Porque el Románico es, también,
el arte de un mundo que se despereza,
que se yergue para asir las
riendas de su historia. Hasta el siglo
XI, los reinos europeos han vivido
bajo la tensión y el acoso de
los pueblos que se han emplazado
poderosamente en sus fronteras,
bajo el miedo y la zozobra de las
crisis endémicas, de unos campos
agostados y mal explotados, de
una tecnología ínfima y olvidada,
de unos caminos inseguros o devastados.
Añorantes de la Edad de
oro perdida, estos ‘siglos de hierro’
en los que apenas los destellos del
imperio carolingio u otoniano han
traído luz a una parte del continente,
se estremecen para conjurar un
final de milenio que leen en términos
bíblicos.
Pero tras ese tiempo de recelos,
todo cambia al fin. Un monje de la
época, Raoul Glaber, lo describió
expresivamente; de pronto, el
mundo pareció rejuvenecer y Occidente
se cubrió de un blanco manto
de iglesias que celebraron su renovada
energía. Iglesias que, desde
las grandes catedrales a las pequeñas
ermitas, eran construidas en
un estilo nuevo, en un lenguaje
nuevo, paralelo al romance que se
hablaba ya en lugar del latín. De
ahí su nombre, Románico.
Se convertiría así, gracias al renacido
vigor europeo, en el primer
lenguaje internacional de la arquitectura
occidental. Un estilo en cuya
conformación definitiva tuvo
mucho que ver el movimiento de
flujo y reflujo del Camino de Santiago,
pues ambos, Camino y arte,
participaron del mismo empeño
por recuperar legados de Roma (las vías de comunicación, la arquitectura),
por recomponer una unidad
ahora en lo diverso.
Hubo, por tanto, un camino de
peregrinación para el arte, pues no
de otra manera cabe interpretar el
empeño de las obras maestras del
estilo por
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alinearse a sus márgenes,
empeñado, en todo caso, el
Camino en difundir los modelos
creados a su vera por toda su longitudinal
y ramificada extensión. Sólo
así se explica la presencia de una
ambiciosa basílica francesa en
Compostela, los contactos escultóricos
entre Jaca, Pamplona, Frómista
o León... las citas andalusís
en edificios galos, la familiaridad
de lugares lejanos tan sólo unidos
por este cordón umbilical. Sólo así
se explica el final abrupto que las
experiencias prerrománicas (el
mozárabe en especial) tuvieron en
los territorios leoneses y castellanos,
entregados a la ‘colonización’
de los francos que traían (e imponían)
nuevos ritos, nuevas escrituras,
nuevas formas y costumbres,
el nuevo arte...
Un templo del románico palentino,
tan abundante y variopinto en
esa provincia privilegiada, consigue
hacer de este estilo un paradigma
unánime: San Martín de Frómista.
Si el románico es honradez
volumétrica, correspondencia entre
el exterior y el interior, raciocinio
constructivo, acuerdo entre las
partes, subordinación ornamental
al efecto global, acogimiento de lo
escultórico a los nichos determinados
por la arquitectura, conformación
sublime y precisa de los materiales
al servicio de un plan de vocación
simbólica y trascendente,
empleo de plantas y alzados acrisolados,
renacimiento de la narración
escultórica…
Todo en este edificio pulcro responde
a tal prototipo: su triple ábside
escalonado, su nave basilical,
su transepto marcado, su elocuente
cimborrio octogonal, sus torrecillas
gemelas en la fachada de aire
europeo, la manera en que todo
ello es subrayado por las líneas de
taqueado, las molduraciones, abocinamientos
y las figurillas de modillones
y capiteles. En el interior,
su envés lógico y prodigioso: la
pauta de las columnas adosadas, el
ritmo de los arcos doblados, el predominio
de la cúpula sostenida por
trompas en el crucero, la plástica
engastada en los capiteles como
una letanía de joyas parlantes.
Frómista ejemplifica a la perfección
la pureza de un arte que nunca
existió. Su iglesia, como la catedral
de León, como muchos edificios
categóricamente restaurados
en los últimos años del siglo XIX,
responde más a un modelo imaginado
que a una arqueología respetada.
Empeñados en buscar una
pureza inverosímil, los arquitectos
de entonces concibieron una Edad
Media cercana a la novela gótica,
pero que hoy, sin duda, nos sirve
para rastrear su presencia y concebir
un ideal con que juzgarla, benévola
pero decisivamente, en otros
lugares, para encontrarla en la mirada
de una época que creyó en poder
revivirla para un nuevo siglo.
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