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 EL CAMINO DE SANTIAGO

 HITO A HITO BURGOS / AZABACHE
 Esta dura piedra, negra por antonomasia, es un carbón petrificado que solía ser pulida y esculpida. Su gran valor talismático y curativo se constata desde épocas remotas, incluso desde el Paleolítico Superior (Peterfelds, Alemania). Además de en Santiago de Compostela también se fabricaba en León, enclave de conexión entre las minas asturianas de este material y la ruta jacobea, lo que explica el nombre de Azabachería que aún mantiene su callejero antiguo

 La piedra negra de Santiago
  LUIS GRAU LOBO
  Peregrinar es ocupación peligrosa. De hecho, ambas palabras comparten una raíz lingüística (per-, del latín periculum en el segundo caso) que las asocia al campo semántico del término experiencia...


 Con azabache se fabricaban numerosos tipos de amuletos cuyo empleo no sólo se circunscribió al ámbito jacobeo, sino que alcanzó todos los espacios y capas sociales

  ... también marcado por esa partícula, para nuestro caso distintiva de acciones que conllevan un esfuerzo y un riesgo, aunque también una recompensa en forma de conocimiento.
  Por eso, para evitar malas contingencias, el peregrino cuenta con aliados de excepción, desde los poderes de la tierra a las intervenciones del cielo, que le prometen o auspician un viaje seguro. Sin embargo, no es suficiente. En la soledad de sus fatigas, el peregrino necesita algo que pueda tocar, aferrar, que sienta cerca, que sea presente con la rotundidad de un objeto prendido a sí mismo: un amuleto. Y entre los muchos que lleva y que, sobre todo, trae de Compostela, hemos hablado en otra ocasión de la venera, distintivo reputadísimo, pero debemos referirnos también al azabache.
  En la Antigüedad tuvo el predicamento suficiente para ser comentada por Plinio, que lo denomina Lapis gagates (de Gagas, en el Asia Menor), pero también está en Dioscórides o el propio Aristóteles. Bien fuese por sus propiedades magnéticas al ser calentado o por su desagradable olor al ser quemado, el hecho es que virtudes apotropaicas se relacionaron desde siempre con este material y con las formas que adoptó tras su talla. Con esta piedra y otras menos frecuentes (corales, ámbar, jaspe, ágata, cristal de roca, etc.) se fabricaban numerosos tipos de amuletos, que tenían una función similar y cuyo empleo, lógicamente, no se circunscribió sólo al

ámbito jacobeo, sino que alcanzó todos los espacios y capas sociales; así, los ejemplares que se cuelan en la indumentaria de los retratos regios en la pintura española del Siglo de Oro, por poner un caso notorio.
  La producción de los azabaches compostelanos culminó en el XV y principios del XVI cuando se separaron del gremio de concheros (en 1443); aunque desde mediados del XVI existen indicios de regresión y un claro declive en el XVII. Pero no fue la sede santiaguesa el único lugar en que se produjeron, ocupando León en este sentido un enclave de conexión entre las minas asturianas de este material y la ruta jacobea, lo que explica el nombre de Azabachería que aún mantiene su callejero antiguo.
  De todas maneras, su difícil elaboración le hacía un producto al alcance de pocos bolsillos, por lo que pronto aparecieron alternativas menos caras, como los bordoncillos o pequeñas imitaciones en plomo del bastón de peregrino que solían fundirse en una pieza, emparejados y con una venera en el medio, y que se fabricaron incluso en hueso o marfil para uso suntuario. En los mismos materiales y por los mismos artesanos se confeccionaron calabacines durante el siglo XVI.
  El ocaso de los azabacheros hacia los siglos XVII–XVIII, daría lugar a un nuevo souvenir que habría sido ya fabricado y abandonado como pasado de moda hacia los siglos XIV–XV, las formas metálicas planas y doradas con representaciones de Santiago y la Puerta Santa, entre otras minucias de un negocio siempre anudado al Camino.
  Con azabache se realizaron numerosas representaciones tanto de amuletos como de veneras y del propio santo entronizado, a caballo o como caminante, pero entre todos ellos destaca la higa o figa, omnipresente, pese a su marcado carácter sexual. La función de la figa es librar a su portador del mal de ojo, de la mirada fascinadora, o fascinum, un influjo pernicioso que se distinguía en la Antigüedad por el carácter involuntario de quien lo provocaba, especie de gafe.
  Todos los medios para librarse del mal de ojo tienen la misma intención: provocar un retorno de la mirada fascinadora ante la visión de un objeto indecente u obsceno, o un gesto grotesco que neutralizaría sus efectos. Se trata de combatir el mal con el mal. Entre estos gestos destacan los relacionados con los órganos genitales; en particular, el falo, que era incluso llamado fascinum en Roma, pero también la vulva (muchas veces, una simple concha). Era frecuente el uso de gestos manuales que se convirtieron en amuletos portátiles y que solían acompañarse con expresiones desagradables y refranes de repulsa: los dedos índice y meñique extendidos, mostrar el dedo anular o medius de manera ostensible, y, fundamentalmente, el pulgar entre índice y anular flexionados, eran los más frecuentes. Este último es la higa, cuya simulación de la unión genital aseguraba una protección fiable, que certifica su perduración hasta la Edad Contemporánea –aún hoy en ciertas zonas–, extendida, además, por casi toda Europa. Su empleo es muy común y se añadió con naturalidad al repertorio jacobeo en ejemplares varios donde la imagen del Apóstol llega a rematar en una figa (los ‘santiagos de figas’ en los inventarios del XVI), o gracias a su uso frecuente como pieza cosida a la ropa del peregrino (horadadas o furadas en ese caso), protegido una vez más contra las dificultades de la ruta, ahora gracias a una piedra talismánica cuya elaboración y comercio aún perduran en la ciudad de Santiago.
El horizonte del peregrino
Palabras para el Camino
Final de un camino sin fin
Archivo Camino Santiago
       
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