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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO LEÓN / Cruz de Peñalba
A su paso, el peregrino toma mucho del Camino, y mucho de ello se manifiesta en su apariencia, como ya vimos, en forma de insignias, amuletos
y atavíos, o también mediante las señales que, en su físico, dejan las duras jornadas de su andadura. El peregrino paga con el esfuerzo de
sus pasos todas estas dádivas, pero en ocasiones añade algo más: una ofrenda, una súplica encarnada en una entrega previa, un voto de gratitud
o una petición: un exvoto. Entre todos ellos el más sencillo es la piedra arrojada al pie de un mojón, como el de la Cruz de Ferro. Otra cruz,
la del monasterio berciano de Peñalba, es un exvoto singular, el testimonio material más antiguo del culto oficial de la monarquía astur-leonesa
a la figura de Santiago mediante la institución de su voto, a falta de la cruz ofrecida por Alfonso III a la basílica compostelana el año 874. |
Un voto milenario
LUIS GRAU LOBO
En julio del año 939
Ramiro II de León y
Fernán González de
Castilla se preparaban en
Simancas para la que sería
crucial victoria contra el
Califato andalusí. Al año
siguiente, bien sean ciertos
o legendarios sus... |

Del monasterio berciano de Peñalba hoy sólo se conserva su iglesia mozárabe. |
... respectivos votos a Santiago y
san Millán, el monarca leonés
otorgaba diversas dádivas al cenobio
berciano de Santiago de
Peñalba, entre las que posiblemente
se encontraba esta cruz.
Este gesto regio reproducía un rito
cuya raigambre se remonta a
la tardía romanidad, fue hábito
entre la realeza medieval, particularmente
en el noroeste hispano,
y, en este caso, representa los
albores del culto jacobeo en la
Península, pues el voto del leonés
se relacionará legendariamente
con la aparición del Apóstol
a su homónimo en la batalla
de Clavijo (844), que fue origen
de una iconografía (el belicista
«Matamoros»), de una futura Orden
militar y de la encomienda al
«patrón de las Españas» en la lucha
contra el Islam.
La institucionalización del emblema
de Constantino como estandarte
protector de las milicias
cristianas hizo de la cruz desnuda
–antes forma ignominiosa de
suplicio reservado a esclavos y
agitadores– el esquema iconográfico
más redundante de la antigua
Edad Media, un signo de
inequívoca referencia y poder
(hoc signo tuetur pios, hoc signo
vincitur
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inimicus, se lee junto a ella).
En la Península Ibérica aparece ya en una acuñación imperial de Tarraco (314) y su culto se remonta al menos a la conversión de Recaredo. En San Juan de Baños, San Pedro de la Nave o San Giâo de Nazaré la cruz funciona con carácter profiláctico: la protección contra el mal del espacio sagrado; y el Liber Ordinum nos informa, también en este siglo séptimo, de su papel como estandarte regio en las expediciones militares, materializado en los tesoros votivos de Guarrazar y Torredonjimeno.
En la monarquía asturiana la cruz se transformó en el principal símbolo del rito palaciego y a partir de la Cruz de los Ángeles, trasunto de la Vera Cruz, se representó en todo tipo de materiales y siempre en lugares de privilegio: el ábside mayor de San Salvador de Valdediós o la decoración mural de Santullano.
Su radical aniconismo puede vincularse a la cercanía del Islam y a los problemas de iconoclastia de otros ámbitos cristianos, donde la cruz se había convertido en signo de victoria en medio de un clima de guerra santa y tierra de frontera, de beligerancia ideológica; todo ello unido a su sencillez y forma contundente.
Los mozárabes de la décima centuria, celosos reductos del visigotismo y vertebradores del reino astur-leonés, asumieron la cruz en similar sentido. Por ello, si los reyes ovetenses ofrecieron cruces de metal y piedras preciosas a templos de su capital o de Santiago, Ramiro II hizo lo propio, con ejemplar más modesto, en honor del Apóstol hispano en su iglesia de Peñalba, retiro y posterior relicario del campeón del monacato berciano, Genadio, y alternativa de la ruta jacobea por las lindes sacras del Oza y el Valle del Silencio.
La cruz votiva de Santiago de Peñalba es equilátera, patada, con ápices convexos, cuyos brazos, ejecutados en láminas de latón, se insertan en un disco central compuesto de dos chapas unidas.
El anverso se orla de cinta cincelada de tallos ondulados, con rítmica presencia de chatones de pedrería. En el reverso, la leyenda en sus cuatro brazos con grafía burilada en finos trazos: IN NOMINE DOMINI NSI / IHU XPI OBONOREM / SANCT IACOBI / APLOSTOLI RANEMIRUS REX OFRT (El Rey Ramiro (la) ofrece para honrar al Apóstol Santiago, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo). Frutos de añeja restauración son las letras que penden de los brazos horizontales (alfa y omega), la falsa pedrería y ciertos cabujones, lo que impide una lectura simbólica del número y la situación de las joyas, que en otros casos de cruz gemmata ha llevado a interpretar las cinco principales (centro y extremos) como las cinco llagas de Cristo, y a la zona central como el lugar privilegiado donde apoyaba su cabeza. Por otro lado, Alfa y Omega (aleph y tau de los hebreos) remiten al Apocalipsis de Juan cuyo comentario iluminado, los conocidos beatos, reproducen este esquema en nueve de los ejemplares conservados.
Una cruz, por tanto, encrucijada de muchos y variados caminos de la historia y que aquí, en la ruta hacia Compostela, entrecruza también los votos y esperanzas de la peregrinación en sus primeros y precarios momentos. |
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