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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO Conchas
En todo tiempo y lugar los peregrinos han vuelto con objetos
cuyo sentido sobrepasa el de meros souvenirs o testimonios de
su peregrinación. Estos ‘residuos de santidad’ prolongan el
contacto con lo sagrado y están santificados doblemente: por
el lugar de su extracción y por el esfuerzo de su consecución.
En los santuarios cristianos de la Alta Edad Media se adquirían
reliquias, phylacterias (trozos de papel escritos) u otros recuerdos, muchos de ellos sin
carácter icónico: desde piedra de los santos edificios o de las tumbas, hasta aceite de sus
lámparas o agua de los cauces cercanos. En dos de los grandes centros cristianos de peregrinación
se recurrió a productos ‘naturales’ característicos de la zona: la palma de
Jerusalén y una concha atlántica, en este caso un producto costero pese a que Compostela
no es ciudad marítima, pero sí fue en la costa donde atracó la barca con los restos
del apóstol y la peregrinación remite al finis terrae, no más allá de las tierras conocidas. |
Símbolos de la peregrinación: la venera
LUIS GRAU LOBO
Estas insignias,
además de
identificativas,
constituyeron una especie
de salvoconducto frente a
los peligros del camino, con
un carácter muchas veces
protector, apotropaico,
pero no servían como... |

Un peregrino con la concha venera en su mochila contempla la catedral de León. |
... testimonio legal de la peregrinación,
pues para ello debía aportarse
el documento-certificado del cabildo
compostelano (bula compostela),
sobre todo en el caso de los peregrinos
obligados a ello por castigo
legal o por delegación.
La venera pronto triunfó, y pasó a
ser uno de los símbolos más complejos
y ricos del panorama jacobeo,
pues su adopción y su éxito se
deben a hondas creencias religiosas
que ven en las conchas, en particular
en este tipo, una expresión simbólica
y talismánica. La creencia en
las virtudes mágicas y protectoras
de la concha, por su semejanza y
asimilación a la vulva femenina, se
remonta a la prehistoria, se atestigua
en todas las culturas (del Japón
al mundo azteca), y su desarrollo se
vincula a la eclosión del culto a la
fertilidad de la tierra personificado
en la fecundidad femenina (pilares
de la subsistencia de la economía
agraria) durante el Neolítico. Una
tradición que tiene expresa formalización
en varios mitos, alguno de
ellos griego, expresión literaria de
una creencia elemental.
Así, en la Teogonía de Hesiodo el
nacimiento de Afrodita es debido a
la fecunda unión entre la espuma
del mar y el miembro viril de Urano,
mutilado por Cronos; un nacimiento,
pues, de la muerte. Y la diosa se
presentó a los chipriotas montada
en una concha, lugar donde se produjo
la génesis divina, que pasará a
ser uno de sus atributos y representaciones
más habituales (el famoso
cuadro de Botticelli entre ellas). En
el mundo romano la Venus Genetrix
se asocia al culto del matrimonio
y la familia como garantes de la
prosperidad de la gens, una fecundidad
medida en los patrones del
orden social romano. No es preciso
insistir si tenemos en cuenta que el
nombre castellano (y gallego) –venera,
vieira– deriva del latino –venus,
veneris–, y además es la raíz del
verbo venerar.
Pero si el dibujo y profundidad de
la concha evocan el órgano sexual
femenino, su origen la relaciona con las aguas de las que surge. La
estrecha relación entre la fertilidad
agraria y la disponibilidad de agua
(el paraíso siempre es un lugar de
aguas regulares y calmas), y entre
ésta y el ritmo estacional y lunar del
ciclo vegetal, hacen de la concha un
valor polifacético constatado universalmente.
Entre los aztecas la
concha es el dios lunar, y representa
la matriz de la mujer, mientras que
para los chinos antiguos personifica
la parte yin, la energía cósmica femenina,
lunar, ‘húmeda’. Entre los
latinos aún se creía que la luna alimentaba
las ostras y mejillones.
El carácter regenerativo de la
concha derivado del ciclo vegetal
pasó en el mundo cristiano a tener
un sentido funerario, también vinculado
a su producto: la perla. Ostra
y perla significan el sacrificio de
una generación (la muerte del animal)
en beneficio de la
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prosperidad
de la siguiente (la perla), sacrificio
cuya mística le hizo símbolo del
propio Cristo en la tierra, y anticipo
simbólico de la resurrección a una
vida mejor tras el sacrificio de una
vida terrena consagrada a la divinidad.
Este es el sentido que tenían las
conchas que señalaban las sepulturas
de los primeros cristianos, que
consideraban que éstas eran el recipiente
de la tumba cerrada que algún
día ha de abrirse para dar salida
a un nuevo mundo, prospero y edénico.
Es poco probable que el viajero a
Santiago considerase tantas relaciones
simbólicas a la hora de proveerse
de la concha-venera, pero no hay
duda de que todo el significado que
ésta había tenido durante siglos estuvo
presente tanto en su adopción
y rápida difusión como en el aprecio
que esta tenía para su portador,
aunque fuese por mera veneración
hacia lo sagrado más allá de su genealogía
cultural. En todo caso, la
concha, como calabaza y cantimplora,
tenían un evidente uso práctico,
para el abastecimiento del agua
potable, como recipiente directo o
como símbolo propiciatorio. Este
sentido se observa también en otras
culturas, incluso lejanas como el budismo
chino, donde la concha augura
un viaje próspero. Hoy día, la estilización
de la venera todavía identifica
lo jacobeo en todas partes, sea
en autovías o en grafitis clandestinos. |
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