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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO LA VÍA DE LA PLATA
Ya sabemos que a Santiago se va por donde se puede o
por donde se quiere, que hay caminos para todas las
partidas y que, aunque el destino sea siempre el mismo,
también los hay para cada regreso. Pero entre tanta
proliferación de rutas alternativas que hoy día (como
lo hicieron, por cierto, en la Edad Media) pugnan por incluirse
entre las preferencias de los peregrinos, una destaca con prosapia y
carácter propios, y tiene fama y nombre autónomos incluso más allá de lo jacobeo:
la Vía de la Plata. |
Un camino antes del Camino
LUIS GRAU LOBO
Entre todos los
caminos históricos
que aún recorren la
Península, quizás la Vía de
la Plata sea el más
auténtico y ancestral.
Como sucede con casi
todas las calzadas que... |

Una caminante atraviesa Béjar (Salamanca), primera localidad castellana y leonesa de la Vía de la Plata. |
,... Roma acondicionó y reguló, su
trazado fue ya un trayecto utilizado
durante la Prehistoria y la Protohistoria
(en época tartésica), encargado
de conectar el occidente
de las dos Mesetas separadas por
el abrupto paso del Sistema Central
en esta zona. Con su ameno y
variado diseño, aún reconocible
en muchos puntos, Roma enlazó
dos de las principales ciudades
augusteas del Oeste hispano:
Emerita Augusta, Mérida, y Asturica
Augusta, Astorga, en los tiempos
en que se consolidaba la conquista
de la zona Noroeste, última
de la Península en estar bajo dominio
romano, durante el último
siglo antes de la Era. Discurría Cáceres,
Salamanca o Zamora (aparte
otras estaciones o mansiones
hoy deshabitadas), aunque bien es
cierto que su traza no fue posiblemente
concebida como una única
y singular ruta, pues nació de la mixtura entre las calzadas que,
tanto desde Mérida como desde
Astorga acudían a Caesaraugusta,
Zaragoza (y, claro, al fin en la metrópoli,
Roma), confluyendo en este
caso cabo el Duero. Pero con el
tiempo, y de ello el Itinerario de
Antonino daría testimonio, su fama
como eje vertebrador de la Lusitania
con el oeste de la Tarraconense,
luego con la Gallaecia, se
haría merecedora de un predicamento
y pervivencia seculares.
Una continuidad que nos permite
hoy día rastrear vestigios de distintos
momentos, incluidos los
más antiguos, en tramos empedrados,
miliarios o pasos portuarios
y yacimientos conocidos o por
exhumar.
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Su nombre, por otro lado, poco parece tener que ver con el metal, sino más bien con la corrupción de la pronunciación del árabe balath (camino, pavimento, firme, balasto), de donde blata y, finalmente, plata, en una expresión que quizás se confundió gracias al supuesto comercio de metales que los primeros eruditos que la estudiaron atribuyeron a esta ruta principal. Vía de la plata vendría a decir ‘camino del camino’ (algo así como puente de Alcántara dice literalmente puente del puente). Camino, pues, por antonomasia, pues una vez que Roma cayó, su trazado siguió vertebrando estas dispares regiones de Hispania, para el tránsito de los visigodos o, sobre todo, para uso del Islam peninsular, ya fuera para sus tropas (las de Almanzor llegarían a Compostela por aquí), ya para comerciantes y viajeros en general.
Quienes usarían de ella como su ruta dilecta fueron los mozárabes, huidos de Al-Andalus a tierras del reino leonés que tan cálidamente acogiera a estos celosos guardianes de la tradición goda y justificadores, por extensión, de la legitimidad dinástica e histórica de la reconquista. Emigrados que también fueron protagonistas, en las lindes más agrestes del reino, de la avanzadilla cristiana y cenobítica hacia el Duero. Por este itinerario, por tanto, también se caminó a Santiago antes de que el camino francés convocara peregrinos de más allá de los Pirineos. Y por aquí, más tarde, se desplazó esa misma (re)conquista, ya desbocadamente exitosa, de los reyes cristianos hacia el mediodía; en un proceso que se había iniciado con esas tímidas y dispersas fundaciones monásticas de la primera repoblación y que se aquilató con la oleada de cartas puebla y fueros de los reyes en núcleos urbanos que empezaban a consolidarse en el lindero de los caminos. En estos momentos se llamó a esta vía, calzada de la Guinea o de la Quinea, quizás por lo ‘equíneo’ de su uso por parte de los jinetes que se abalanzaban desde ella sobre los taifas andalusíes.
Por aquí mesnadas y tropas, desde Fernando II hasta Napoleón, mercaderes y campesinos, rebaños y enseres cruzaron la espina dorsal de una región bizarra y, como sucede con los ejes principales, su traza se manifestaba prolija en desvíos, en ramificaciones y otros caminos, secundarios sólo en la parte descriptiva del término. Desde esta Vía de la Plata se va, como dijimos, a Santiago. Y se hace una vez alcanzada Astorga, pero también desde Moreruela o desde Benavente, por la ruta de Sanabria, pues es bien sabido el valor estratégico del interfluvio benaventano en esta comunicación noroccidental. Trataremos en otra entrega sobre este desvío sanabrés, pero hoy hemos querido detenernos en una senda de mayor notoriedad, cuya vocación jacobea es sólo una de las numerosas personalidades de su biografía, milenaria y facetada como pocas.
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