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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO RIONEGRO DEL PUENTE
Más allá de la ruta clásica y principal principal, los muchos caminos
a Santiago conforman un haz de rutas que son ocasión
para reconocer la expansión e importancia histórica de lo
jacobeo en la geografía peninsular, y de manera más tupida
e intensa según nos aproximamos a la tumba apostólica.
Una de estas calzadas, como ya vimos en pasada
entrega, es la Vía de la Plata, y una de sus ramificaciones más amenas y antiguas
remonta el curso del Tera, uno de los pocos ríos de la región que se vierten decididos
de Oeste a Este, para abrir Galicia por las lindes de Sanabria, en el norte zamorano.
Y, al fin, entre los muchos testimonios y relaciones con lo jacobeo que
pautan ese camino sanabrés a Santiago, epicentro de esta ruta alternativa, que
no secundaria, se encuentra Rionegro del Puente. |
Bifurcaciones e hijuelas
LUIS GRAU LOBO
Rionegro nos ofrece
un nuevo ejemplo de
la tríada caminera
más depurada: el puente
sobre su río epónimo, un
santuario, el de la patrona
de la Carballeda, y un
hospital, recientemente
rehabilitado para seguir... |

El Santuario de La Carballeda, en Rionegro, visto desde el albergue de peregrinos. |
... en su función. Pero además,
cuenta con una de las hermandades
más específicas, antiguas y
singulares de todos las que ampararon
a quienes tuvieron los
arrestos de encaminarse a Compostela
por estas antiguas honduras
de la Península, la de los
falifos. Vayamos por partes.
Uno de los acontecimientos legendarios
acostumbrados en la
ruta fue ocasión para la aparición
de la Virgen que tutelará la
comarca, manifestada desde un
carballo a los peregrinos temerosos
de vadear las aguas bravas, a
quienes aconsejó hacerlo con sus
capas a modo de barcazas. Un
milagro que motivó culto, edificación
de templo y vocación de la
hermandad; y una leyenda que,
como es lógico, se repite en el camino,
casi literalmente, en el monasterio
palentino de San Zoilo
de Carrión de los Condes, para explicar también allí su fundación.
Según la tradición, además,
la campana de este santuario
(campanario galano en estas tierras)
era la guía que los peregrinos
seguían al cruzar el río Negro
para postrarse ante la imagen
de la Virgen de La Carballeda,
una vez alcanzada la otra orilla.
Por tales motivos, la cofradía
de Rionegro se entregó desde
muy antiguo a la reparación y
mantenimiento de los caminos y
se enorgullece, en los Estatutos
que aprobó en agosto de 1785, de
mantener en activo 35 puentes -
aparte de 28 hospitales-, unos de
piedra y otros de madera, tal como
debían ser la mayoría de los
que sorteaban cauces tan volubles
y traicioneros como rodean
los valles de la zona. Por otra
parte, otras fábulas, como las
huellas del caballo de Santiago
en las peñas del camino y hasta
la propia inclinación de los montes
de la penillanura, que desde
Rionegro parecen virar hacia
Compostela (ladeados así en su
deseo de formar parte, como cantera,
de la obra catedralicia), son
lugares comunes de la tradición
de lo jacobeo cuya constatación
refrenda esa condición en estas
lindes, marginales en apariencia.
Los mismos Estatutos se refieren
a la asistencia de capellanes
y hermanos de la cofradía al socorro
y asistencia de los romeros de Santiago y a los funerales de
quienes fallecían antes de alcanzar
la ciudad apostólica. Pero
quizás la disposición más original
de cuantas recoge ese documento
y el origen de su denominación,
es aquella que se refiere
a su
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financiación a partir de la donación de una vestimenta de calidad, la mejor, que era subastada a la muerte de un cofrade para sufragar la ayuda a necesitados y viajeros. De hecho la etimología del término falifo, y con ella su enjundia socio-económica, se discute desde siempre con apasionamiento entre quien ve en ella un farrapo u harapo, quien hablaba de que respondía a algo de un fallecido; a una prenda fallida, esto es, usada pero no inútil o, al fin y parece ser que definitivamente, quien cree que se refería a una falifa o pelliza de piel, nombre arábigo que otorga prestancia a una prenda que había de subastarse, por lo que no era lógico su carácter astroso.
Costumbre, en todo caso, la de una atención especial a la indumentaria que también aparece en los ritos de harapos sacralizados por la peregrinación. Sea por su troceado y venta como reliquia o filacteria, sea por su quema en simbólicas hogueras de purificación. Una pira que si antes tenía lugar en la propia sede compostelana (la cruz dos farrapos aún corona el tejado de la catedral) ahora se ha reeditado en el cabo de Finisterre.
La cofradía del falifo se jacta, en todo caso, de su antigüedad y del favor papal a lo largo de los siglos XV y XVI, y cuando tuvo que defender su jurisdicción o una serie de indulgencias para las ánimas de los cofrades que debieron ser la envidia de las numerosas y más comunes cofradías de la vecindad. Pero además, no sólo es una de las más añejas y originales de nuestro país, sino que supone un caso de excepción en España frente a su cotejo en la Europa jacobea. Como si la lejanía del Camino hubiera hecho más necesaria la organización colectiva del apoyo mutuo y la confraternización entre jacobitas sólo en aquellos lugares apartados donde haber hecho el camino era una distinción excepcional, como sucedía en Inglaterra, Alemania, Italia... o, como aquí ocurriría, en una ruta arriesgada y no demasiado principal del Camino. Se trataba de fomentar una ruta secundaria, de asegurar a los caminantes que éste era un ‘buen camino’.
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