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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO CARTUJA DE MIRAFLORES
En el momento de emprender el Camino, uno apenas se
da cuenta, pero a medida que transcurren las primeras
horas y que el entusiasmo inicial va dando paso a una
serenidad desacostumbrada, comienza a llenarlo todo
con una presencia modesta pero categórica. Hablamos
del silencio. Lo habíamos olvidado y lo recuperamos al
hilo de nuestras jornadas en campos y trochas, inunda lo que nos rodea y,
cuando nos zambullimos por fin en él sin reparos, nos aguza el oído, nos relaja
la voz y nos limpia la mente.
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La conquista del silencio
LUIS GRAU LOBO
En algún recodo de la
historia extraviamos
el silencio como un
atributo de lo social, y hoy
día las ciudades,
convertidas en el proscenio
de lo humano, así como
toda actividad que... |

Dos monjes de clausura caminan hacia la Cartuja. |
... se precie de lograr repercusión
(he aquí otro término sonoro) tiende
a caracterizarse por su estrépito,
por una barahúnda de sensaciones
que aturden nuestra existencia
y confunden el hilo de nuestro pensamiento
en un trenzado desquiciante
y vulgar. Todo hace ruido. Y
más en un país como éste (el segundo
más escandaloso del mundo
según alarmantes estadísticas), acostumbrado sin remedio al griterío
y la estridencia, a la música megafónica,
al claxon y la pitada: a las
rudas exigencias cotidianas de lo
soez.
Por eso el silencio, hoy día, se ha
convertido en una manifestación
distinguida de la cultura. Y aunque
sabemos por John Cage que no llega
a existir en su forma absoluta, el
silencio permite, eso sí, escuchar y
escucharnos. Y tal cosa, en el Camino,
rodeado de un vacío henchido
de panoramas, de olores y de
sonidos nuevos y delicados nos
permite reconsiderar las
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penosas condiciones de esa renuncia. Cuando caminamos en sus soledades sólo percibimos el ritmo reservado de nuestros pasos en una tierra que no percutimos, que casi acariciamos. A veces también la respiración forzada de los repechos, nuestro propio aliento acompasado a la orografía del terreno; o el comentario fugaz de un compañero que sentimos cerca sin necesidad de decir nada. Y escuchamos el viento, las aves, las ramas del árbol, los susurros de un vasto horizonte que nos acoge receloso: naderías que ahora se tornan primordiales.
De ese silencio, a lo largo de la historia, han hecho gala quienes quisieron recuperarlo del ostracismo del bullicio social. Entre ellos, muchos religiosos, solitarios o de manera colectiva, se organizaron para entregarse a él, fuera del mundanal ruido, como quien se hace ciudadano de un país quimérico donde el recogimiento y el retiro son el precio de esa conquista. Son santuarios de un enmudecimiento trascendente.
Entre esas órdenes rigoristas, dedicadas a una intensa reflexión personal sobre lo sagrado, la de los cartujos ha adquirido renombre mundial, dada su rara perseverancia en unos principios fundacionales rigoristas, su entrega al aislamiento y la renuncia a los bienes materiales, a un silencio interior inasequible. Sus lugares de retiro, sin embargo, aunque separados del mundo según su deseo, son apacibles y bellos, auténticos paraísos a medida de sus ansias de introspección. Pero no siempre lograron el despojamiento de todo contacto con el poder público, con las veleidades del siglo, aunque, como sucede en Miraflores, a las afueras de Burgos, sublimaran esa impureza con las armas de lo excelso en el terreno del arte.
En la arbolada ribera del Arlanzón, a la vera del Camino, una primera fundación del monarca Juan II fue patrocinada por la reina Isabel en 1453, lo que puso su edificación en manos de Juan de Colonia, concluyéndola en 1484 su hijo Simón en el gótico tardío más depurado de cuantos se aclimataron en Castilla desde las tierras del norte de Europa. Su sencillo e imponente interior de una sola nave está culminado de tramos de bóveda estrellada y acompañado de vidrieras de ascendencia flamenca, que acaban rematando en las nervaduras del ábside poligonal, un auténtico brocado que abraza el retablo central. Éste es pieza maestra de la imaginería en madera policromada y dorada está dominada por un Calvario místico rodeado de una pasmosa corona. Frente a él, dominado el espacio, los estrellados sepulcros gemelos de alabastro de Juan II e Isabel de Portugal, que, junto al del infante Alfonso en un arcosolio, el artista flamenco Gil de Siloé pareció modelar, durante el último tercio del siglo XV, en el material del que están fabricados los sueños.
La afamada escultura barroca de san Bruno (fundador de la orden en 1084), de gubia de Manuel Pereira, confirma la intensa expresividad del silencio cartujo que, finalmente, ha impregnado la supuesta gloria mundana de los reyes que antaño engalanaron su casa. Y así, aunque el peregrino retorne finalmente a la algarabía de su vida cotidiana, cuando recuerde las jornadas del Camino no sólo cerrará los ojos para volver a ver los paisajes recorridos y los lugares inverosímiles que conoció a su vera, sino que abrirá sus oídos a la reconquista de aquel silencio que una vez fue suyo. |
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