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 EL CAMINO DE SANTIAGO

 HITO A HITO CARRIÓN / Pantocrator
 Griegos, como inventores, y romanos, como impulsores, son responsables de que veamos el mundo como lo vemos. Rodeados de culturas que representaban la realidad y lo irreal con artes simbólicas o esquemáticas, dieron forma a una alternativa estética que acabaría, con una fortuna histórica improbable a priori, por imponerse en parajes lejanísimos, que acabaría por convertirse en el canon al que plegarse o contra el que alzarse en rebelión. Conocido como “naturalismo”, esta representación verista de la realidad protagonizó los siglos del clasicismo antiguo, del Renacimiento o del Neoclasicismo, como una forma de arte tenida por la más acorde con las características perceptibles del objeto a representar.

 El regreso de los viejos dioses
  LUIS GRAU LOBO
  Aunque hoy día sepamos que no es así, tras un siglo de vanguardias, conformadas ya como un nuevo clasicismo para el arte contemporáneo, aún la televisión, los videojuegos o la realidad virtual usan la...


 El Pantocrator se encuentra en el friso de la iglesia de Santiago de Carrión de los Condes, en la provincia de Palencia.

  ... misma perspectiva, los mismos recursos, el mismo sino estético que animó a Policleto, Giotto o Canova. Seguimos siendo, a veces a nuestro pesar, griegos. Sin embargo, durante los últimos siglos de la Antigüedad y los primeros de la Edad Media, durante cerca de ochocientos años, el naturalismo de corte greco-helenístico que había sido la enseña que Roma alzó en sus monumentos a ambas orillas del Mediterráneo dio paso, lenta pero inequívocamente, a otra forma de esculpir y de pintar. Se abandonaban las lecciones tomadas del natural, el modelo, para inclinarse hacia las exigencias de lo ideal.
  Si la naturaleza, la realidad, era un velo que ocultaba lo trascendente, ¿para qué servirse de su reproducción fiel?, ¿no constituía ésta un engaño más, una puerta que debía abrirse? Según la filosofía de Platón, lo importante eran las ideas, no la percepción que de ellas teníamos a través de las cosas, su apagada sombra. Y así, para los neoplatónicos impregnados de misticismo en el tardío Imperio romano, lo trascendente eran los significados

que se ocultaban tras una realidad muñida por el Creador para que fuera trascendida. Fue el nacimiento de una forma de arte que primero no se atrevió a representar a los hombres y sus historias, recluyéndose en signos y símbolos, y que, cuando al fin lo hizo, los convirtió en gestos y trazos que eran también otros arquetipos. Unos que todos entendían, tal vez, pero que no guardaban relación de verosimilitud con el natural porque no la necesitaban.   Pese a ello, pese al triunfo de esta forma de concebir el arte durante buena parte de la Edad Media, Roma no desapareció, el mundo clásico continuó siendo el referente de los hombres cultos y el mito de una Edad Dorada que cabría recuperar alguna vez. Por ello sucedió que, cuando las condiciones históricas lo hicieron posible, se volvió a mirar hacia los viejos relieves romanos para recuperar el gusto por esculpir y tallar imágenes a la manera de los antiguos, con la intención de rendirles un tributo, de ligarse a su estela y aprender de su magisterio.
  Uno de los escenarios en que tuvo lugar esta recuperación secular fue precisamente el Camino de Santiago, en los templos del nuevo arte que se edificaban febrilmente a su vera. El románico, llamado así por su carácter de arte romance, esto es derivado de Roma como las lenguas que nacieron del latín, amparó estas nuevas escenas en que, por primera vez en siglos, las figuras se erguían a una escala convincente, se movían con cadencia natural, narraban episodios reconocibles, componían sus partes en acuerdo con un todo. Capiteles y frisos, canecillos y tímpanos acogían figuras cuya sola presencia ya aventuraba el contacto e intercambio entre talleres de muy distante localización y muy comunes intereses.
  Uno de ellos ejecutó el Pantócrator de la iglesia de Santiago, en Carrión de los Condes, pues este texto quiere rendir tributo a un artista extraordinario, que podría calificarse como el Fidias del Camino. En un recodo de su traza urbana en Carrión, no lejos del monasterio de San Zoilo, se abre un templo del siglo XII dedicado al Apóstol que ofrece al viajero una fachada prototípica: una puerta con una arquivolta ejemplar, en la que se alternan diversas actividades artesanas (la acuñación de moneda es una de ellas) y, sobre ella, un friso en el que el apostolado flanquea al Tetramorfos evangélico y, finalmente, a Cristo entronizado, sin duda la escultura más majestuosa que se asoma a la ruta compostelana en tierras de Castilla y León. Sus movidos y variados ropajes, su sereno rostro y los mechones que lo orlan, su gesto y compostura revelan el nacimiento de una nueva senda para el arte, cuya emulación tímida, perdido ya el donaire clásico, tuvo eco en la no muy distante portada de Moarves de Ojeda. Y no es extraño que lo hiciera al pie del Camino, pues éste significó la recuperación de multitud de rutas y comunicaciones que, precisamente desde la caída de Roma, condenaban extensas regiones al aislamiento.
  Sólo reconstruyendo Roma mediante lo que fue, una civilización de ciudades y calzadas, pudo rehacerse también su legado en el terreno del arte. Por eso la apostura del todopoderoso Cristo apocalíptico de Carrión apenas nos infunde terror o extrañeza, ya que lo reconocemos de inmediato como uno de aquellos dioses que habitaron entre los hombres al comienzo de nuestra historia. Y que, gracias al fenómeno peregrinador volvían, una vez más y de manera solemne, a pisar los caminos de Europa.
El horizonte del peregrino
Palabras para el Camino
Final de un camino sin fin
Archivo Camino Santiago
       
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