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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO LEÓN
Cuando hoy día nos aproximamos a una ciudad, ésta se
hace presente de manera difusa, paulatina, indeterminada,
merced al aluvión de construcciones que la rodean
y su muy diferente condición (naves industriales, polígonos,
barrios residenciales o ‘dormitorios’, suburbios...),
y a la dispersión desquiciada de su traza. Diríase que la
ciudad ha saltado por los aires y amenaza, lenta pero implacable, todo el espacio
que la circunda, convertido en excepción hacia su supuesto estatuto de escenario
común de lo humano. La ciudad domina y predomina. |
Murallas abiertas al Camino
LUIS GRAU LOBO
Pero no siempre
sucedió así, antaño la
ciudad era algo
extraño en un territorio
inhóspito y ajeno. Y su
existencia solía remarcarse
de manera rotunda y a la
defensiva mediante la traza
de unos límites que, con... |

Las murallas de Mansilla de las Mulas están compuestas en «aparejo leonés» de bolos o cantos de río. |
... frecuencia, se subrayaban con una cerca, un terraplén, o, en el
mejor de los casos, una muralla.
He ahí la frontera de la ciudad
cuando era una anomalía.
En apariencia, una muralla es
todo lo contrario a un camino. Pero
no siempre. De hito en hito una
muralla se convierte en camino y
nace una puerta. Otras veces lo
hace a su pesar y la muralla cae en
una brecha ruinosa o avejentada,
que da muestra de que ya no se requiere
la protección que en su día
proporcionó. Incluso hay ocasiones
en que el camino se sobrepone a la muralla aunque aún ésta no
haya pasado de moda, que la domina
y modela a su antojo con la
fuerza superior de la comunicación
sobre la reclusión.
En León, por ejemplo, su vieja
muralla de traza romana mil y un
veces aupada después, fue abierta
por el rey Fernando II para facilitar
el paso de los peregrinos que
desde San Isidoro, santuario jacobita
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por antonomasia en estos pagos,
se encaminaban hacia San
Marcos, hospital y templo a la vera
del puente que encamina a
Compostela. Para que no dieran
un rodeo, la muralla se plegó, con
su derribo parcial, a embocar una
Rúa Nueva del Camino, hoy llamada
Renueva.
Así acabaron por entregarse al
Camino las muchas murallas que
a su vera se yerguen. Las de León,
como hemos dicho compuestas
por Roma, que primero la irguió
de tierra y vegetación, cuando
pensaba en un destacamento militar
provisional, y luego la petrificó,
con la sedentarización de la legión
VII gémina, añadiéndole un
forro de piedra más macizo y cubos
cada cierta distancia, ya hacia
el siglo IV de la Era. Unos muros
regulares y altivos que aún siguen
la forma rectangular de la planta
castrense latina, pautada al interior
por una serie de vías ortogonales
cuya traza casi se perdió por
entero durante la Edad Media y en
cuyo lienzo oriental se engarzó el
ábside de la catedral. A este perímetro
se adosó, ya en el medievo
avanzado, una cerca de doble cintura
provista de almenas, con un
trazado muy poco geométrico,
más dado ahora a seguir la orografía
demográfica y natural que a
dominarla. Ambos contornos hacen
de León una ciudad tan bien
cercada como poco conocida por
sus defensas históricas.
Por su parte, también Astorga
fue un campamento militar antes
que una ciudad. Pero aquí, el recinto
defensivo
que excavó
la Legio X
Gémina, circundando
el
cerro en que
se asentó Asturica
Augusta,
tras las
Guerras Cántabras
(29 a
19 a. C.), fue
sobrepasado
ya hacia el
primer tercio
del siguiente
siglo por una
nueva muralla
de piedra
que protegería
una ciudad
llamada
a ser la capital
de la demarcación
administrativa
romana: el
conventus iuridicus
asturum.
Más tarde,
también
esa primera
fortificación
sería abandonada
y la ciudad
extendería
su superficie,
abrazada, ya desde finales
del siglo III o principios del IV
d.C., por otra defensa de piedra de
historia más longeva que aún hoy
se alza para delimitar la escena de
su historia bimilenaria. Estas murallas
romanas, seguramente nunca
arrasadas del todo, fueron reedificadas
por el Obispo Nuño hacia
1242, y, durante todo el período
medieval, se repararon intermitentemente.
Su perímetro de
2.100 metros, circunvala las 27
hectáreas que engloba la ciudad
histórica y cuenta con casi una
treintena de cubos semicirculares
(de 7 metros de diámetro de media).
Su soberbio aspecto, contemplado
desde fuera del recinto, con
el conjunto que forman la catedral
y el Palacio episcopal compone
una de las estampas más conocidas
de Astorga y del Camino.
Otras muchas murallas bordean,
como dijimos, el Camino.
Algunas en desuso, pese a su estirpe
antigua, como las de Castroventosa
a la vera de Cacabelos;
otras plenamente medievales, como
las de los castillos que orlan la
ruta. O las de Mansilla de las Mulas,
compuestas en «aparejo leonés
» de bolos o cantos de río, que
si al monje alemán Hermann
Künig le parecieron cercar una
‘ciudad’ a finales del siglo XV, el
sastre picardo Manier describía
en el XVIII como «villa de poca cosa
con muros de tierra amarilla,
altos» (quizás la luz del sol produjo
este espejismo al francés) y a
veces incluso se encontraban cubiertas
por una plaga de langosta,
como testimoniaba el clérigo boloñés
boloñés Domenico Laffi una
centuria antes, por citar a algunos
de los peregrinos que nos dejaron
escritas sus impresiones. Pues
muros y murallas en estos días
servían sobre todo para el comentario
costumbrista y forastero
aunque nunca hayan dejado de
marcar la apariencia categórica de
una estación principal en el Camino.
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