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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO
La traza canónica de la ruta compostelana, fijada ya
en el Codex Calixtinus (siglo XII) por empeño de Gelmírez
y texto de Aymeric Picaud, se denomina camino
francés por la procedencia de quienes venían a recorrerlo
y en muchos casos se quedaban en él. Francos
eran, genéricamente, los llegados de allende los Pirineos
y vici francorum o barrios de francos se detectan en todas las poblaciones
camineras. Sin embargo, no sólo del norte europeo llegaban gentes
destinadas a compartir la vividura de lo jacobeo. |
El mudéjar en Sahagún
LUIS GRAU LOBO
Ya hemos hablado de
los mozárabes,
cristianos
inmigrantes desde Al-
Andalus que influyeron en
la creación del estilo
artístico más original del
prerrománico hispano, a
propósito de... |

Ermita de la Virgen del Puente, templo junto a una pequeña pasarela sobre el antiguo cauce del Valderaduey y campa de descanso peregrino.. |
... San Miguel de Escalada. Pero
también se dio el caso opuesto: musulmanes
que eran envueltos por el
avance de la (re)conquista cristiana,
o llamados por la actividad de
esta zona y se asentaban en tierras
norteñas desempeñando un destacado
papel en el desarrollo de sus
más originales artes plenomedievales.
Así surgió el mudéjar. De forma
paralela y mezclada con los estilos
artísticos de las edades Media y
Moderna se desarrolló esta estética mestiza, característicamente hispana.
Distinguida por su empleo de
técnicas constructivas y materiales
de arraigo musulmán en obras cristianas,
la manobra mudéjar remite
de inmediato a una arquitectura de
ladrillo, yeso y madera, pero también
a una muy distinta manera de
entender esos pobres materiales y
concebir con ellos edificios suntuosos
y distintivos. No deben vincularse
sus obras de forma simplificadora
o estricta, por supuesto, a una
cuestión
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religiosa o étnica, por mucho que gran parte de los artífices de esas obras sí fueran gentes de fe islámica, especializados como estaban en este tipo de oficios, por otra parte tan del gusto de reyes y mecenas, tan adecuado a zonas con carencia de otros materiales. Pero no sólo estas razones explican el fenómeno mudéjar. Lo mudéjar, la hibridación de propuestas formales y estructurales de ambas márgenes de la fluctuante divisoria religiosa peninsular es una constante que se mantendrá incluso cuando esa frontera haya desaparecido o, mejor, cuando esté en cada ciudad y cada barrio, antes de la indigna expulsión de los españoles que no pensaban como la mayoría y del inicio de la tragedia histórica de exiliados y conversos.
Obras mudéjares afloran en varios emplazamientos de la ruta, así como en sus márgenes, desvíos y cercanías, pero sin duda que es Sahagún, en la llegada a tierras leonesas del Camino, su escenario más categórico. Y contrastado, gracias a la existencia allí de un monasterio cluniacense principal, del que trataremos en otra oportunidad. Pues alrededor del enorme complejo conventual de San Benito, armado con las artes románicas europeas, se arraciman las modestas iglesias de ladrillo con que quizás la población facundina, nunca a bien con los monjes franceses, respondía en otro lenguaje, uno más propio. Un idioma que sería respetado en mayor medida, ya que la ruina del monasterio negro por la desamortización, sutil venganza de la villa, no afectó a las iglesias de ladrillo, por mucho que estas hoy día sufran incurias inexplicables.
Nos topamos con el mudéjar ya al ganar las tierras de Sahagún, en la ermita de la Virgen del Puente, pequeño templo junto a un puentecillo sobre el antiguo cauce del Valderaduey y campa de descanso peregrino; y continúa en el casco urbano, urbano, con la capilla de San Mancio o los templos de San Tirso y San Lorenzo (aparte el no muy lejano San Pedro de las Dueñas). Para rematar, el altozano que domina la villa alza el monasterio franciscano dedicado a la Virgen peregrina, joya de la manobra mudéjar por sus yeserías (capilla funeraria) y el ábside gótico que la adorna, ya del siglo XIII.
La arquitectura mudéjar de la zona tiene algunos caracteres reseñables. Pero aunque el empleo del ladrillo (más fácil de conseguir en la zona y más económico que la piedra) para articular brillantes soluciones decorativas, superficiales y geométricas, sea muy particular, quizás la solución más privativa, la que da a sus edificaciones un acusado aire de familia, sea la torre que se eleva, arriesgadamente, sobre el transepto, el lugar más difícil para ubicarla, aunque también sea el más simbólico y airoso. Un aire que, además, subrayan las distintas alturas abiertas con arquerías de ventanas a todos los aires. Entre estos templos, la iglesita del santo Tirso descuella, además, por ofrecernos un unicum, quizás síntoma de un cambio de gusto paradigmático: su cabecera fue iniciada en sillería de piedra en el siglo XII, con columnas adosadas, hasta una altura en que el plan fue radicalmente cambiado, pues a partir de ahí se empleó el ladrillo. Lo que iba a ser un templo románico más, pasó a convertirse, tal vez, en la avanzadilla de una nueva opción estética, mantenida centenariamente en esta localidad tan jacobea.
El testimonio de este cambio aún hoy nos subyuga con la fuerza de una alternativa histórica que, siglos después, daría al traste con una convivencia siempre tensa y adobada de conflictos. Con la expulsión de los mudéjares, el Camino perdería, como había perdido ya tantas cosas a esas alturas, muchas de las gentes que, a su vera, habían creído encontrar un lugar en el mundo.
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