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 EL CAMINO DE SANTIAGO

 HITO A HITO
 Hoy día se va a Santiago ataviado de montañero, de deportista o de excursionista con mochila, pero casi siempre se lleva una venera que identifica a quien camina con la vista fija en el ocaso, venera que antaño fuera una prueba conquistada por haber alcanzado la meta y que se llevaba, por tanto, sólo al regreso. Sin embargo, la indumentaria histórica del peregrino jacobita terminó por hacerlo muy reconocible, y hasta motivo de escarnio y legislación, a lo largo de los siglos de la peregrinación. De hecho, hasta llegar a su apostura canónica, evolucionó desde una práctica coincidencia con el viajero a pie común y corriente, en los primeros tiempos, hasta una sofisticada adición de signos y enseñas, muy identificables para quienes los veían pasar.

 La indumentaria del peregrino
  LUIS GRAU LOBO
  El hábito más corriente se reducía a la esclavina o pelerina, pequeña capilla contra el frío, un sombrero de ala ancha contra...


 Un peregrino jacobita ataviado de montañero con la cruz venera en su mochila.

  ... el sol y la lluvia, y un calzado más o menos cómodo, amén de alforjas o esportillas de viaje. A este atavío, sobre todo desde el siglo XI, se fueron añadiendo atributos cuyo uso llegó a extenderse a gran cantidad de vagos y maleantes, los gallofos en la documentación de la época, que solían gozar de cierta impunidad para sus fechorías bajo tal disfraz. Por ello, ya el Arcipreste de Hita en 1340 se mofaba de esta guisa: «El viernes de indulgencias vistió una esclavina,/ gran sombrero redondo, mucha concha marina, /bordón lleno de imágenes, en él la palma fina, / esportilla e cuentas para rezar aína./ Los zapatos redondos e bien sobresolados,/ echó un gran doble sobre sus costados./Gallofas e bodigos lleva allí condensados:/ destas cosas romeros andan aparejados./ Debajo de su sobaco va la mejor alhaja:/ calabaza bermeja, más que pico de graja:/ bien cabe un azumbre e más una miaja:/ non

andarían romeros sin esta sufraja./ .... Luego aquella noche, se fue a Roncesvalles./ ¡Vaya e Dios la guíe por montes e por valles!».
  Hasta tal punto que Felipe II se vería obligado a reglamentar el atuendo peregrino para evitar a los «que fingen que van en romería », ordenando un hábito común de paisano para los jacobitas, excepto para aquellos extranjeros que contaran con una dimissoria episcopal y el permiso de las autoridades de su tierra. Aunque de poco sirvió, como denunciaba Feijoo en su Teatro universal: «Gran número de tunantes con capa de peregrinos... con el pretexto de ir a Santiago, comúnmente dan noticias individuales de otros santuarios de la cristiandad, donde dicen que han estado». Pero aún así, los atributos más consagrados del caminante a Santiago son la esportilla, el bordón, la calabaza y la insignia por antonomasia: la venera, además de otras piezas ejecutadas en azabache y otros recuerdos. De estas últimas y de la concha venera ya hemos hablado en anteriores oportunidades. Veamos al resto.
  Ya el Liber Sancti Iacobi dice que quienes van ad sanctorum limina reciben en la iglesia, antes de su partida, junto a la bendición y el saludo de la comunidad, el bordón (baculus) y la esportilla (pera), bendecidas ambas. La esportilla era una alforja frecuentemente adornada con la venera, mientras el bordón, cuyo nombre deriva posiblemente del nombre dado al burro (burdo) suplido por el peatón con este útil, era un palo terminado en pomo y con la cantera apuntada en hierro, cuya función era defenderse contra lobos y perros y servir de apoyo al paso.
  La propia iconografía del Santo se benefició de esta imagen de caminante, pues Santiago empezó a ser reconocido entre los apóstoles por su atavío de caminante, que suplantó a su caracterización apostólica. Por otro lado, el bordón, de utilidad evidente, también simboliza un doble sentido complementario: por un lado es el apoyo, sostén de la marcha del pastor o del viajero como eje portátil de la verticalidad espiritual que lo anima, línea ascensional que en el bastón santiagués acentúa debido a su gran altura.
  Por otra parte, es un arma defensiva no sólo efectiva a nivel terrestre –contra los animales que hostigan al viajero–, sino a nivel mágico, como maza del héroe o vara regia que sanciona al portador: moisés o el propio san Isidro golpean con su cayado para hacer brotar el agua. Un ejemplo muy peculiar lo ofrece el bastón de Santiago que preside el Pórtico de la Gloria y que tiene una curiosa forma de ‘Tau’ griega, tal vez para no coincidir con el báculo episcopal, pero con raíces sagradas muy antiguas (el hacha doble de la aristocracia cretense, el martillo y la cruz, la inicial de Théos, tan frecuente en los emblemas medievales).
  La calabaza doble, como el reloj de arena, el tambor doble, la X o cruz de San Andrés, tiene el sentido de la duplicidad del mundo, de la relación entre el mundo superior e inferior, y de la inversión de los propios cambios naturales (día-noche, vida-muerte, tristezaalegría, mal-bien…). Por tanto, su forma recuerda y simboliza la estructura bipolar del cosmos y, en particular, la posibilidad de una fluida circulación cielo-tierra. Por otra parte, como fruto de numerosas pepitas se relaciona con la fertilidad, lo que reafirma su propia función: la de reserva de agua -de vida- para el caminante.
  Unas vestiduras e impedimentos que, hoy día, cuando vestirse de peregrino es disfrazarse, y a veces gallofamente, no importan tanto como la intención de quien viste, simplemente, para caminar.
El horizonte del peregrino
Palabras para el Camino
Final de un camino sin fin
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