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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO SEÑALIZACIÓN
No hay que engañarse, y quien hace el Camino lo sabe
bien: cuando uno precisa una indicación, un hito, una referencia
de por dónde debe marchar, sólo existe una fiable,
la más modesta pero también la más auténtica y práctica:
las flechas amarillas. Esta otra vía láctea descendida
a la tierra (como las calificó F. Regueras), reguero de pinceladas
que tutelan cuando es preciso y animan en el desaliento, es labor callada
de las asociaciones de amigos del Camino, auténticos custodios de la ruta
más allá del intermitente y enfático amparo oficial y más acá de su turistización
galopante. Y si una persona, un nombre propio, pues al final se reduce a eso, debe
cargar con las ‘culpas’ de que el Camino siga conservando atajos de autenticidad,
si una persona entre tantas como el Camino ha cobijado y cobija, tan fértil
en biografías singulares a él vinculadas para siempre, debemos escoger, escogeríamos
a Elías Valiña. |
Las flechas de Elías Valiña
LUIS GRAU LOBO
El Camino está lleno
de señales. Señales
que le son propias y
que han surgido por su
misma condición de
espacio cultural, sagrado y
tupido de historia, y otras
que le han nacido o se han
añadido a él para marcar
su itinerario,... |

Elías Valiña, promotor en la década de los ochenta de la señalización con flechas amarillas. |
... para señalizar la ruta que el peregrino
debe seguir en su búsqueda
de un camino más seguro y
cierto, más transitable o más transitado.
Entre estas últimas, pocas
se conservan de las antiguas, algunas
de las que, en su día, fueron
mojones, montjoies o milladoiros
concebidos para denunciar la ruta
en los pasos peligrosos o en las
encrucijadas confusas, y que
siempre conllevaron una carga
simbólica, ritual, que los situaba
más allá de la mera utilidad para
convertirlos en auténticas manifestaciones
del sentido trascendente
del Camino. Así, la cruz de
ferro, de la que ya hablamos, y así
tantos otros enclaves. En estas últimas
décadas, durante esta eclosión
de un fenómeno neojacobeo
que nos ha conducido a otra época
mayor de las peregrinaciones no vista desde tiempos de Gelmírez,
han proliferado hasta la saciedad
las indicaciones, letreros, rótulos
y mil y una señales que pretenden
a veces orientar al caminante y
otras simplemente atraerlo, sin
descartar el puro y duro lucimiento
institucional, que de eso se trata
en muchos casos cuando se señaliza
el Camino, como si
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haciéndolo se cumpliera el trámite de promoción y cuidado.
Todas estas señales se han ido amontonando en sus lindes y veredas, aún más espesas e inútiles en las calles de las ciudades que atraviesa, como una estratigrafía de las celebraciones jubilares, como un palimpsesto desmemoriado que se reescribe año tras año para socorro de un peregrino que no suele perseguir avisos donde lo avisan. De las cruces metálicas negras, con una venera en su centro, que se yerguen en los montes hace cerca de medio siglo, a los logotipos de la venera paneuropea, estilizada para arracimar con su nervadura las líneas amarillas de sus calzadas, todo ello sobre el fondo azul de los postes de carreteras. Desde la sobria concha de bronce incrustada en el firme urbano a las ridículas mascotas peregrinas, indignas de esta causa. En los emplazamientos menos necesarios del Camino, pero también en las cunetas de carreteras que nunca oyeron hablar de él o en calles y plazas travestidas para el turista jacobita poco avisado. De todo hay, aunque poco de gusto o útil.
Elías Valiña Sampedro (1929 - 1989) sacerdote lucense, de Lier en las cercanías de Sarria, plena ruta compostelana, fue desde 1959 para todos los peregrinos que tuvieron la fortuna de conocerlo o beneficiarse de sus muchos trabajos, ‘el cura del Cebreiro’. Su vocación jacobea se manifestó desde siempre, pues sus trabajos doctorales tuvieron esta vertiente, así como numerosas publicaciones y estudios posteriores, pero lo que le trae a estas líneas que querrían homenajearlo no son sus investigaciones, sino su pasión y trabajos por el Camino, tan similares a los de aquellos clérigos camineros que preservaron la ruta en época medieval (Juan de Ortega, Domingo de la Calzada...). Desde mediados de los ochenta, sino antes, se propuso la señalización del Camino de Santiago, con esas flechas amarillas, pintadas desde Francia hasta Compostela en todo tipo de sustento: un esquinazo ruinoso, una piedra junto a un vado, una bifurcación humilde, la corteza traicionera de un eucalipto... Sus recuperaciones de tramos perdidos, de precisiones cartográficas menudas, de limpieza de la maleza y el abandono seculares, de reconstrucción y delimitación de la calzada en fin, siguen siendo hoy la más cierta guía de los pasos del peregrino por los más inseguros tramos. Hasta hace bien poco su cartografía y su guía eran (aún lo son) publicaciones imprescindibles para emprender con garantías la tarea de peregrinar. En su parroquia adoptiva consiguió restaurar y acondicionar el templo, recordémoslo, custodio del Grial que figura en la enseña gallega, además de habilitar el poblado antiguo de pallozas, alguna de las cuales sirve de albergue al caminante, regocijo peregrino tras la esforzadísima subida desde El Bierzo. El signo de sus trabajos brota y se perpetúa por doquier. El Camino debe mucho a don Elías Valiña, uno de sus hitos, que descansa en él, a los pies del altar de su templo parroquial.
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