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| EL CAMINO DE SANTIAGO |
HITO
A HITO LEÓN
Decir que las regiones que atraviesa el Camino de Santiago
han sido marcadas por él en lo cultural, lo histórico,
lo social y hasta en lo geográfico resulta, a estas alturas,
una redundancia obvia. Sin embargo, hay regiones y
territorios donde esa huella se deja sentir con mayor
fuerza, con la determinación de haber sido el fenómeno
de las peregrinaciones el cauce de su más importante vividura histórica, en
gran medida porque sin ella se reducirían a espacios marginales o desheredados
a los que el Camino dio una oportunidad. Uno de estos lugares, además, hizo
del trasiego por las calzadas su seña de identificación más conocida, de forma
que hoy día, aún, su nombre es sinónimo de cierto nomadismo vital y también,
por qué no añadirlo, conserva innegable entresijo: la Maragatería. |
Maragatos, de profesión caminantes
LUIS GRAU LOBO
La comarca de los
maragatos tiene, en
puridad, otro nombre:
la Somoza. Se extiende al
occidente... |

La Cruz de Santo Toribio en San Justo de la Vega, cerca de Astorga, marca el inicio de la comarca leonesa de la Maragatería. Al fondo, las cumbres del Monte Teleno. |
... de Astorga (que no es tanto su capital como su desembocadura), al pie de la imponente y mítica
sierra del Teleno (de Sub-montia,
Somoza), y el viejo camino francés
hacia Compostela que cruza
de parte a parte componiendo
uno de sus trazados más pulcros,
pintorescos y recordados. Por sus
paisajes bizarros, pero también
por la sonoridad y compostura de
sus localidades: Castrillo de los Polvazares, Murias de Rechivaldo,
Rabanal del Camino, Santa
Catalina de Somoza... Pero sobre
todo ha calado en el imaginario
popular un nombre, el de Maragatería,
asociado a la estirpe de
los comerciantes somoceños que,
durante los siglos de la Edad Moderna
(XVI a XVIII en especial)
se dedicaron al transporte y comercio
de mercancías (primero
pescado, después de todo tipo de
productos, incluido el correo) entre
Galicia y el Cantábrico y el
centro y suroeste de España,
aparte otros trayectos, recalando
en especial en la villa y corte.
Hasta el nombre que se les dio
contribuye a ahondar el enigma
de esa actividad tan dilecta y exclusiva
en la que fueron tan leales
y de
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fiar, pues su etimología no está clara aún. En todo caso, huyendo posiblemente de la escasa productividad de estas tierras, los maragatos se dedicaron al transporte primero con mulos y recuas y después con carromatos, obteniendo pingües beneficios, además de exenciones de portazgos por parte de la Corona en especial en tiempos de guerra.
En el siglo XVIII instituyeron un gremio de arrieros, dentro de una estructura social cerrada, cuyo declive se vería determinado por la implantación del ferrocarril. Entonces, muchos de ellos se dedicaron al comercio sedentario, abriendo tienda en Madrid o en muchos lugares donde su fama aún perdura. Algunos como Santiago Alonso Cordero, se convertirían en personajes de gran fortuna y peso político y social en la España isabelina; mientas otros intentarían las américas. Hablamos, pues, de una comarca de compostura singular, quizás la más personal de cuantas atraviesa la ruta de peregrinación en España, cuya arquitectura, artesanía, original vestimenta y coloristas tradiciones son hoy motivo de recreación o reflexión en algunos lugares, como el Museo de la Arriería en Santiagomillas, no muy apartado del camino francés.
Desde siempre los maragatos y la Maragatería llamaron la atención de los viajeros, y la comarca llegó a ser escenario novelesco en La Esfinge maragata (1914) de Concha Espina, que contribuyó a afianzar su halo legendario. De esa sorpresa y admiración provocada en el foráneo, que buscaba en la España del XIX las huellas de un mito romántico, dan cuenta numerosos testimonios sobre la vistosa presencia y singulares costumbres y forma de vida de los maragatos. Así los describía William Dalrymple en 1774: «...Les llamaban maragatas. Su vestido es muy original: llevan grandes pendientes y una especie de sombrero blanco... que recuerda al de las mujeres moras.... llevan retratos de santos en plata y otros dijes colgados de grandes sartas de coral en torno al cuello y por todo el pecho; sus camisas están bordadas por el pecho y abotonadas en el cuello; usan corpiño y manteo de lana color marrón... Los hombres maragatos visten calzones muy anchos, ajustados a la rodilla, y dejan caer la parte sobrante desde la atadura hasta la pantorrilla; el resto del atuendo consiste en una especie de chaqueta corta con un cinturón». Por su parte, el extraordinario libro de viajes de Richard Ford (1830-1833) se refiere a ellos en estos términos: «Su honradez y laboriosidad se han hecho proverbiales. Es una gente sosegada, grave, inexpresiva, práctica e industriosa. Sus tarifas son altas, pero las compensa la seguridad, pues se les podría confiar oro molido. Son los canales del comercio entre Galicia y las Castillas, y rara vez se dejan ver por las provincias del sur o del este... Los maragatos gozan de preferencia en los caminos; son los amos de las rutas porque canalizan el comercio en una zona donde no hay más trenes de mercancías que sus mulas o jumentos. Conocen y valoran su importancia, pues ellos son la regla, y el viajero por placer es la excepción... ». Caminos fiables y transporte seguro protagonizados por un pueblo que quizás lo aprendiera de los caminantes que, desde siempre, atravesaron tan apartada región. |
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