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| LA MIRADA PERDIDA |
CASTRO VENTOSA (LEÓN)
En el ombligo de la gran marmita orográfica que ciñe la mayoría de la cuenca del Sil, dominando su llanura
central, se alza un aislado y señorial cerro de cumbre horizontal, una ‘mesa’ casi a setecientos metros de altitud, que sobrevuela el cercano valle del río Cúa |
El corazón del Bierzo
LUIS GRAU LOBO 10 de enero del 2012
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ABIERTO. Es un enclave
abierto, como las puertas de
su muralla, al viento y al sol, a
los cuatro puntos cardinales
que parecen congregarse aquí,
en el corazón desde el que se
vislumbran las entrañas de
una comarca de ensueño
| GUIA |
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Para visitarlo:
Visita libre,
monumento en plena
naturaleza.
Para saber más:
VV.AA.
(2003): Actas de las Jornadas sobre Castro
Ventosa, Cacabelos,
octubre de 2002, León.
Díaz, I. y Garín, A. (1999):
‘Estudio arquitectónico de
las murallas Bergidum-
Castro Ventosa’, Los
Orígenes de la ciudad en el
Noroeste hispánico,
Congreso Internacional,
Lugo, 1996, pp. 1125-
1155. |
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Hay lugares que condensan el territorio que les rodea
en una suerte de mixtura cristalina de sus cualidades.
Lugares que son el compendio y el símbolo de lo que
fueron y lo que son las tierras que los rodean y se miran
en ellos como en un minúsculo espejo que es capaz de
reflejar un rostro entero, toda la extensión que abarcan
nuestros ojos. Y entre esos territorios que se reconocen
singularmente a sí mismos, dominios o demarcaciones
vertebrados por una geografía y una cultura, El Bierzo.
La comarca por
antonomasia. Por eso,
cuando el novelista
romántico y paisano Gil y
Carrasco afirmaba que
Castro Ventosa es «el
corazón de un país rico y
variado», no sólo recurría a
un tópico amalgamado
durante esa centuria en la
que esa comarca llegó a ser
provincia, sino que, además,
constataba un hecho físico y
anímico a un tiempo. Porque
en el ombligo de la gran
marmita orográfica que ciñe
la mayoría de la cuenca del
Sil, dominando su llanura
central, se alza un aislado y
señorial cerro de cumbre
horizontal, una «mesa» casi
a setecientos metros de
altitud, que sobrevuela el
cercano valle del río Cúa. Su
estratégico emplazamiento
acabó dando nombre a toda
la comarca gracias al
topónimo latino Bergidum,
«la montaña fortificada» (de
Berg- y -dunum), según su
descriptiva etimología.
Esta loma amesetada fue
probablemente habitada
desde hace unos tres mil
años, aunque los indicios de
tal antigüedad sean aún
débiles. Sin embargo, fue la
ocupación castreña
prerromana el arranque
notable de la «urbanización»
de Castro Ventosa, nombre
con que se conoce a este
altozano desde la Edad
Media, aunque todavía los
trabajos arqueológicos no
hayan podido delimitar la extensión y caracteres de ese
primer poblado. Esos estudios sí han estimado la
potente fortificación de la tardía antigüedad, el vestigio,
con diferencia, más celebrado y monumental del lugar.
Reconocido ya por el Padre Flórez, el propio Gil y
Carrasco, el ilustrado Jovellanos o el arqueólogo
catalogador Gómez-Moreno, el recinto amurallado de
Castro Ventosa, monumento oficial desde 1931, se
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prolonga en los casi 1.200 metros de un perímetro que sigue la planimetría arriñonada del terreno, abarcando aproximadamente seis hectáreas. Se eleva a una altura máxima de ocho metros, con una anchura de la mitad, y su paramento está constituido por dos caras de mampostería con argamasa que envuelven un relleno de cantos y sillarejo cementado. Está provisto de una docena de torreones semicirculares, que actúan como contrafuertes y como defensas, y de dos puertas, oriental y occidental o Puerta del Sol y Puerta del Viento, según denominación moderna y sugestiva. Su edificación debió promoverse hacia finales del siglo III o principios del IV de la Era a tenor de los materiales recuperados en sus aledaños, y en consonancia con otros recintos fortificados del Noroeste hispano (Astorga, Gijón, León, Lugo), jugando un papel aún impreciso pero a buen seguro determinante en la época turbulenta de las invasiones bárbaras, aspecto corroborado por el hallazgo de algún objeto exótico oriundo de las riberas del Mar Negro, lugar de origen de los foederati visigodos que acudieron a apuntalar el Imperio en las postrimerías del siglo IV y los primeros compases del V.
Su relación con la Via Nova (o vía XVIII del Itinerario de Antonino) entre Bracara y Asturica, y con la cercana ciudad romana de La Edrada (Cacabelos), donde ha querido identificarse el asentamiento en el valle de Bergidum flavium, nos sitúa ante un ejemplo paradigmático de los vaivenes históricos del poblamiento y su ubicación topográfica. Así, durante la última etapa del mundo castreño anterior a Roma el Castro de la Ventosa posiblemente se significó como uno de los castella más notorios de la concentración y jerarquización de estos establecimientos, previa o coetánea al proceso de conquista. Pero en los primeros siglos del Imperio debió sufrir una fase de declive o abandono a favor de esa ciudad ex novo, fundada en el valle de forma acorde con esos momentos de prosperidad y estabilidad. Sin embargo, Castro Ventosa, el Bergidum original, debió recuperar su preponderancia en los siglos de inseguridad política de finales del Imperio, y se repobló de nuevo. Una situación que debió mantenerse en la época de las invasiones de suevos, vándalos y alanos que, desde el 406, se enseñorean del Noroeste peninsular.
Finalmente, su excelente localización debió otorgarle un papel señalado en los procesos de repoblación de la temprana Edad Media, pero ya a partir del siglo XI, la recuperada estabilidad política y la lejanía de las fronteras con el Islam, provocaron el definitivo abandono del Castro como plaza fuerte, a favor de los asentamientos en el valle, vinculados a un floreciente Camino de Santiago (Cacabelos, Villafranca…). Pese a los intentos por repoblarlo de Fernando II o Alfonso IX a principios del siglo XIII, Castro Ventosa se convertiría desde entonces en un bastión yermo abierto a especulaciones historiográficas aún no resueltas del todo.
Y, abierto, claro, como las puertas de su muralla, al viento y al sol, a los cuatro puntos cardinales que parecen congregarse aquí, en el corazón desde el que se vislumbran las entrañas de una comarca de ensueño.
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