Castilla y León
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  GUÍAS DEL DUERO

  EMBESTIDAS POR CAMPOS Y CALLES
La Guía del Duero sobre Ritos taurinos en Castilla y León, que se puede adquirir por un sólo euro desde este viernes 27 hasta el lunes 30 de junio, ofrece un recorrido apasionante por los festejos de mayor emoción

 Caballos, toros y magia entre las astas
  CÉSAR MATA


 TEMPLE. Las garrochas templan embestidas y aceleran el galope para que el encierro llegue a las calles de Cuéllar con buen ritmo.
FICHA PRÁCTICA  
 Cuándo: Esta nueva entrega de la colección LAS GUÍAS DEL DUERO puede obtenerse entre el viernes, 27 de junio, y el lunes, 30 de junio, ambos incluidos.
 Precio: El precio de la guía Ritos Taurinos de Castilla y León es de sólo un euro, con la compra de un ejemplar del periódico EL MUNDO
 Dónde: En todos los quioscos y puntos de venta de prensa habituales
 Qué: A través de 111 páginas, esta publicación repasa los ritos taurinos más relevantes de Castilla y León, su historia, su evolución y curiosidades. Los textos aparecen ilustrados con una amplia galería de imágenes a todo color con los momentos más emocionantes de estas tradiciones

  Cuando las embestidas perviven, insistentes y fieras, durante siglos, cabe pensar que algo muy importante las impulsa. Cuando los mozos, año tras año, desafían y encelan las trayectorias arpías de los astados, debe suceder algo nada desdeñable. Nadie se juega la vida por nada, excluidos, incluso, motivos económicos, mercantiles y narcisistas. Alguna motivación debe existir, intramuros de cada ser, para impulsar su presencia en calles, plazuelas y cosos.
  En Castilla y León, una comunidad extensa y diversa, los ritos taurinos tradicionales perviven con singular pureza y fidelidad a los cánones que permiten conservar su esencia y razón de ser. Es cierto que los resortes personales y sociales que hicieron que se generaran estos ritos en su origen se han visto, en gran medida, modificados, por la evolución en las necesidades y en los valores y preferencias,muchas de las celebraciones mantienen casi incólume su sugerente y emotiva liturgia.
  Perviven, enhiestas, plazas con carros y maderos entrelazados , pies derechos, escenarios centenarios que se arman y desarman cuando los astros conjugan estaciones y solsticios. Pagos y sitios dan nombre a escenarios camperos por los que discurren conducciones de bóvidos, rememoraciones de trashumancias necesarias antes de la llegada de los transportes por vía férrea y carretera. Lugares mágicos, de sacralidad circular, templos para la lidia convulsa y anárquica de las capeas. Plazas Mayores convertidas en ruedos transitorios, placitas rudimentarias adosadas a ermitas. Ritos en los que el toro, un toro único, simboliza a todos y cada uno de los toros. Otros, con toros en manada. Toros de cuerda, enmaromados, de los que cuentan quienes han perdido el tiempo en estudiar estas tradiciones que sitúan su origen en fiesta familiares de carácter matrimonial. Transfusión de potencia genésica,

cuando los amigos del novio, una vez ensogado el animal, lo conducían hasta un espacio cercano a la casa de la novia y, allí, lo zaherían con pequeños venablos, antecedentes de las banderillas, provocando que el toro sangrara. Entonces, el novio se ajustaba en un escorzo y manchaba sus ropas con la sangre, simbolizando la transferencia del poder reproductivo.
  Celebraciones familiares, casi íntimas, en el origen de las liturgias con bóvidos, entonces, hace cientos de años, sin el adjetivo de lidia, creación postrera, entre intuitiva y científica, de una raza propicia para ser toreados.
  Toros enmaromados los hay en Benavente, el de mayor fama, y en Astudillo, terco festejo contra la terca legalidad, un Fuenteovejuna de aficionados a la tauromaquia popular que no dudan en manifestar su apego a la tradición, pese a los expedientes que se incoan para que lo políticamente correcto siga perviviendo en las capas más epidérmicas de la actitud del poder administrativo.
  Astudillo se alza como la voz firme de quienes reivindican enfrentarse a la realidad de la historia de cada pueblo, sin someterse a los correos electrónicos que desde Finlandia, por poner un ejemplo, dicen que el toro no le va nada que le coloquen una corona de esparto prensado. Menos mal que la soberanía popular sigue colocando las urnas en cada Ayuntamiento... Menos mal. Toros y Carnavales. En Ciudad Rodrigo, con el frío invernal alejando a esas moscas que se mencionan en los tópicos taurinos. Miróbriga disfraza las embestidas y las convierte en chirigota, aunque eso no evita los sustos, las cornadas... Su recinto amurallado, su trama de calles empedradas, acogen encierros y desencierros; y en su Plaza Mayor, un bosque de tendidos arbóreos, en los que miles de aficionados se dan cita para contemplar sus ancestrales capeas en las que los maletillas extienden sus muletas para robar los pases que se les niegan en las plazas. Suertes populares, cortes, recortes, quiebros, saltos... un paisaje abigarrado y de algarabía que funde la querencia taurina con la inclinación a la fiesta más desenfadada.
  Y qué decir del Toro de la Vega, tan polémico, tan auténtico, tan seductor en su desnudez. Un torneo en el que los lanceros, a pie o a caballo, han de enfrentarse a un toro seleccionado por sus características zootécnicas, en el que sobresalen la proporción en las anatomías bóvidas, con un especial desarrollo de sus astas, de tal modo que su imagen proporcione seriedad y temor a la hora de enfrentarse a él. Festejo de toro único, singular en su liturgia, desarrollo y consumación, ahora edulcorada en lo que antes suponía la exhibición de los genitales del astado en la punta de la lanza del vencedor del torneo. Vayamos desde Tordesillas hasta Soria. Sus sanjuanes, que ahora se celebran. Un conjunto ritual en torno al toro de enorme riqueza y profundidad. Elección de las reses, su traslado, su lidia, su cocción, su ingesta... Remembranzas mágicas, creencias transformadas e innominadas, pero que consiguen engancharse generación a generación a los asideros psicológicos individuales y sociales. Tradición revitalizada. Un año, otro... todos los años.
  Y en Medinaceli, su Toro Jubilo, fuego, luces y sombras, festejo relacionado con unos mártires muertos en África. Astas como antorchas, embestidas que iluminan la noche gélida de noviembre. Y los encierros, claro. En Cuéllar, en Olmedo, en Fuenteguinaldo, en Portillo, en Medina del Campo, en Madrigal de las Altas Torres. Cientos de encierros. Y los espantes, contraencierro, en Fuentesaúco, Fuentelapeña, Guarrate, Villamor de los Escuderos, Ledesma y Pedro Bernardo. Ritos diferentes, nacidos en épocas y por motivos diferentes. Una geografía convulsa en sus embestidas. Castilla y León tiene en los toros una seña de identidad tan actual como inmemorial.
       
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